La noche había sido eterna en la villa. Nadie pudo dormir. Nadie pudo comer. Nadie pudo hacer nada más que esperar, y la espera se había convertido en una tortura interminable, un pozo sin fondo del que no podían salir.
El sol comenzaba a asomarse tras las montañas cuando Cristóbal seguía en la entrada, inmóvil como una estatua de piedra. No había dormido. No había comido. No había hablado. Solo esperaba, con la mirada fija en el camino de entrada, como si en cualquier momento el auto de Ana fu