La puerta de la villa se abrió.Ana cruzó el umbral con pasos lentos pero firmes. Nicolás iba a su lado, sosteniéndola del brazo por si acaso, pero ella se sentía más fuerte ahora. El aire cálido de la sala la envolvió, el olor a leña quemada y a hogar le llenó los pulmones, y supo que, por fin, estaba a salvo.Antes de que pudiera dar un paso más, una figura pequeña salió disparada desde el fondo de la sala.—¡Hija! —gritó Lucía, corriendo hacia ella con los brazos abiertos, el cabello suelto volando al viento, los ojos brillantes de lágrimas.Ana abrió los brazos y la recibió.—Mi niña —dijo Lucia, acariciándole el cabello, besándole la frente—. Mi niña hermosa. —¿Estás bien? —preguntó Lucía, separándose apenas para mirarla a los ojos, para revisarle el rostro, las manos, los brazos—. ¿Qué te hicieron? ¿Te lastimaron? ¿Dónde te duele?—Estoy bien, mamá —respondió Ana, usando esa palabra con Lucía como siempre lo había hecho, como madre e hija, sin distinciones, sin distancias—. Esto
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