La noche había caído sobre la ciudad como una losa, pero nadie en la villa había podido cerrar los ojos.
Las luces de la sala estaban encendidas, iluminando los rostros cansados y angustiados de quienes esperaban noticias. Lucía tenía a los mellizos en brazos, uno en cada brazo, meciéndolos sin descanso. Elena había llorado hasta quedarse dormida, su carita aún húmeda por las lágrimas. Nicolás, el niño, seguía despierto, con sus ojos grises fijos en la puerta, como si esperara que su madre entr