Una hora después, Nicolás volvió al hospital.
En sus manos, un ramo de girasoles. Los había comprado en la florería de la esquina, los mismos que le gustaban a su madre. Los mismos que a Sofía le gustaban también. Había caminado sin rumbo por las calles, con las palabras del diario quemándole la cabeza, con las imágenes de la niña sola del orfanato persiguiéndolo como fantasmas. Y al final, había terminado en esa tienda, comprando flores para alguien que le había mentido, que había jugado con s