El sol comenzaba a esconderse tras las montañas cuando Agustín llegó a las afueras de la villa.Llevaba horas caminando, rodando, buscando el punto exacto desde donde pudiera vigilar sin ser visto. Se había detenido detrás de un grupo de arbustos espesos, a unos cincuenta metros de la entrada principal. Desde allí, podía ver la casa, el jardín, el lago, y sobre todo, a Ana. Pero no era Ana lo que veía en ese momento.Bajo el viejo roble, a la orilla del lago, estaban Lucía y el abuelo Gravenhorst.Estaban sentados en la banca de piedra, cogidos de la mano, mirando el agua. El sol de la tarde los bañaba de luz dorada, y los patos nadaban cerca de la orilla, indiferentes. Lucía tenía el cabello suelto, vestía un sencillo vestido de color lavanda, y una sonrisa que Agustín no le había visto nunca. El abuelo, en su silla de ruedas, inclinaba la cabeza hacia ella, como si le estuviera susurrando algo al oído.Agustín sintió que la sangre le hervía.—Maldita —murmuró, apretando los puños co
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