La noche se había vuelto eterna en la oficina de Valenzuela Industries.
Las luces de la sala de juntas seguían encendidas, iluminando los rostros cansados de Nicolás y Cristóbal. Los papeles se acumulaban sobre la mesa, formando montañas de informes, balances, proyecciones y contratos. Las computadoras portátiles zumbaban sin descanso, y las tazas de café se habían enfriado hacía horas, reemplazadas por botellas de agua y energizantes.
—¿Cuánto falta? —preguntó Cristóbal, frotándose los ojos co