La casa abandonada olía a humedad, a polvo, a desesperación.
Era un olor espeso, pegajoso, que se metía en la nariz y no se iba. Un olor a paredes carcomidas por el tiempo, a moho creciendo en las esquinas, a tierra mojada filtrándose por las grietas del piso de cemento. Un olor a muerte. O a algo peor. A resignación.
Ana estaba sentada en el suelo, con las manos atadas a la pata de una vieja estufa de hierro oxidado. La soga era gruesa, áspera, y le quemaba las muñecas cada vez que intentaba m