La mañana estaba fresca cuando Ana salió de la villa. El sol comenzaba a calentar la piel, y el aire olía a tierra mojada y a flores recién regadas. Los patos nadaban en el lago. Los pájaros cantaban en los árboles. Todo parecía en calma. Pero ella no podía quitarse esa sensación de que alguien la observaba.
Caminó por la vereda con paso ligero, el bolso colgado del hombro, la mente puesta en los ingredientes que necesitaba para el caldo. Cristóbal estaba agotado, había trasnochado trabajando,