La mañana había comenzado con una calma engañosa en el apartamento de Nicolás.
El sol entraba por las ventanas, tibio y dorado, pintando las paredes de tonos cálidos que contrastaban con la tormenta que llevaba dentro. Los pájaros cantaban en los árboles del parque cercano, y el ruido lejano de la ciudad comenzaba a despertar. Todo parecía normal. Todo parecía en paz.
Pero Nicolás no podía comer.
Estaba sentado en la mesa del comedor, con una taza de café entre las manos que ya se había enfriad