El sol comenzaba a esconderse tras las montañas cuando Cristóbal llegó a la villa.
El auto se detuvo frente a la entrada, y el motor rugió por última vez antes de quedar en silencio. Cristóbal bajó con pasos lentos, cansado, con la cabeza llena de pensamientos que no lograba ordenar. Había pasado el día fuera, dando vueltas sin rumbo, tratando de evitar precisamente este momento. Pero sabía que no podía postergarlo para siempre.
Al abrir la puerta, el aroma a comida casera lo envolvió. Desde la