La oficina estaba en silencio. Un silencio denso, pesado, que parecía aplastar las paredes y empañar los ventanales.Cristóbal estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, la mirada fija en el horizonte. La luz de la tarde se reflejaba en sus ojos grises, dándoles un brillo metálico. Nicolás estaba sentado detrás de su escritorio, con las manos entrelazadas, el rostro pálido, los ojos enrojecidos por la falta de sueño y el exceso de furia contenida. Los papeles de la investigación estaban esparcidos sobre la mesa, junto a las copias de seguridad de los documentos robados.Lucas estaba de pie en el centro de la habitación, con la espalda rígida, las manos a los costados, la cabeza baja. No miraba a nadie. No podía.—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Nicolás, rompiendo el silencio.Lucas tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era apenas un hilo, como si las palabras le costaran un esfuerzo sobrehumano.—Porque no soportaba verlo a él aquí. Contigo.Señaló a Cristóbal con
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