(NARRADO POR KEELEN)La tarde en Delfos se teñía de un naranja quemado, filtrándose por los grandes ventanales de la cabaña. El aire fuera era gélido, pero dentro, el calor de la chimenea y de nuestros cuerpos creaba un microclima donde el tiempo parecía no tener jurisdicción.Eira estaba sentada entre mis piernas, apoyando su espalda contra mi pecho. Su cuerpo encajaba perfectamente con el mío, como si el destino nos hubiera tallado de la misma pieza de mármol. Mis brazos la rodeaban, y mi mano derecha descansaba sobre su vientre, trazando círculos perezosos sobre la suave tela de su camisón. Con la izquierda, sostenía su mano, esa mano donde la esmeralda de nuestro compromiso brillaba con una luz propia, recordándome que lo de anoche no fue un sueño.Besé el dorso de su mano, justo sobre los nudillos, y luego apoyé mi mentón en su hombro.—¿En qué piensas, pequeña? —susurré, notando cómo su respiración se acompasaba con la mía.—En que este silencio es casi aterrador —admitió ella,
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