(NARRADO POR KEELEN)Mis pulmones ardían como si hubiera tragado brasas, y no era solo por los seis pisos que había subido corriendo, ignorando el grito de agonía de mi columna vertebral. Era el miedo. Un miedo primario, visceral, que me oprimía la garganta al ver la silueta de Eira recortada contra el cielo gris de Atenas, con sus pies al borde del abismo y su vestido agitándose como una bandera de rendición.—¡Eira! —mi voz salió rota, una súplica que intenté disfrazar de mando—. Pequeña, mírame. Por favor, solo mírame a mí.Ella se tensó. Vi cómo sus dedos se aferraban con fuerza al borde de piedra del murete. No se giró del todo, pero su perfil, pálido y bañado en lágrimas, era la imagen misma del naufragio.—¡No te acerques, Keelen! —gritó, y el dolor en su voz me golpeó más fuerte que cualquier bofetada—. ¡Quédate ahí! ¡Si das un paso más, juro que lo hago!Me detuve en seco. Levanté las manos, con las palmas abiertas, mostrándole que no llevaba nada, que era solo yo, desarmado
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