(NARRADO POR KEELEN)
El pasillo de la clínica privada estaba sumergido en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el zumbido lejano de algún monitor y el sonido metálico de mi bastón contra el suelo de linóleo. Habían pasado seis horas desde que el cuerpo de Eira golpeó aquel colchón de aire, y aunque los médicos habían confirmado que no tenía huesos rotos —solo algunas contusiones y el impacto emocional de una caída de seis pisos—, el peso en mi pecho no disminuía.
Me detuve frente