(NARRADO POR KEELEN)
Mis pulmones ardían como si hubiera tragado brasas, y no era solo por los seis pisos que había subido corriendo, ignorando el grito de agonía de mi columna vertebral. Era el miedo. Un miedo primario, visceral, que me oprimía la garganta al ver la silueta de Eira recortada contra el cielo gris de Atenas, con sus pies al borde del abismo y su vestido agitándose como una bandera de rendición.
—¡Eira! —mi voz salió rota, una súplica que intenté disfrazar de mando—. Pequeña, mí