(NARRADO POR KEELEN)El sudor me empapaba la camiseta, pegándose a mi piel como una segunda armadura de arrepentimiento. Mis manos, blancas por la presión sobre los mangos del andador, temblaban con una intensidad rítmica. Hoy el aire del gimnasio de rehabilitación se sentía eléctrico, pesado, como si la atmósfera supiera que algo estaba a punto de quebrarse.—Concéntrate, Keelen. Mira el final de la alfombra, no tus pies —ordenó Marcus, con la voz baja y firme—. Uno... dos...—¡Tres! —rugí, arrastrando mi pierna derecha con una agonía que me hacía ver destellos de luz blanca.—¡Sigue! —gritó Artemises, que estaba a mi lado, sudando casi tanto como yo—. ¡No te detengas en el tres! ¡Eira no se detuvo cuando te buscaba! ¡Hazlo por ella!La rabia, ese motor oscuro que me mantenía en pie, rugió en mi pecho. Visualicé la foto del aeropuerto, su silueta alejándose hacia lo desconocido. No te vas a ir, Eira. No voy a dejar que te desvanezcas.Cuatro. Mi pie izquierdo golpeó el suelo con un s
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