El gimnasio de rehabilitación del hospital de Houston olía a goma nueva, sudor frío y a una esperanza desesperada que me revolvía el estómago. Las paredes blancas parecían cerrarse sobre mí mientras Artemises empujaba mi silla de ruedas hacia las barras paralelas. El sonido de las ruedas sobre el linóleo era el único ritmo de mi nueva y miserable vida.
—Hoy es el día, Keelen —dijo Artemises. Su voz intentaba sonar firme, pero el temblor en sus manos delataba que estaba tan aterrado como yo—. El