—¡Keelen! —exclamó ella, arqueando la espalda, sus dedos enredándose en mi cabello con una fuerza desesperada.Bajé una de mis manos, deslizándola por su vientre, recorriendo las curvas que ella tanto había temido mostrar y que yo adoraba con devoción. Cuando mis dedos llegaron a su centro, húmedo y cálido, Eira soltó un sollozo ahogado. Empecé a masturbarla con un ritmo lento, tortuoso, conociendo cada rincón de su placer como si fuera el mapa del yacimiento más valioso del mundo.—Dime que me odias ahora —le pedí al oído, mientras aumentaba la presión—. Dime que no me extrañabas.—Te... te odio... ¡ah! —su voz se quebró cuando el primer espasmo de placer la sacudió—. Maldito seas, Keelen... no... no pares...La hice venir una, dos veces, sintiendo cómo sus músculos se contraían alrededor de mis dedos, escuchando su nombre salir de mi boca como una oración. Eira estaba en llamas, su piel ardía bajo la mía, y por un momento, la habitación de Houston desapareció. Estábamos de vuelta en
Leer más