La habitación de Dante a esa hora tenía la luz específica de las tardes de otoño: naranja sin calidez, que entra por la ventana norte y define las cosas con más precisión de la que uno preferiría.No había ambigüedad en ese cuarto.Yo lo sabía cuando subí.Dante lo sabía cuando me abrió la puerta y se hizo a un lado sin decir nada, porque así era él: sin preguntas que ya tienen respuesta, sin protocolos que los dos conocemos y ninguno necesita.Me detuve en el centro del cuarto.No por indecisión. Por la extrañeza específica de estar en un espacio sin urgencia.En todos los meses anteriores, cada momento con Dante había tenido peso externo: el juicio, la marcación, Crisanto, la audiencia, los noventa días. Siempre había algo que llegaba y lo interrumpía o que acechaba en el fondo amenazando con interrumpirlo.Esta tarde no había nada.Solo la habitación y él y yo.Y eso —sin ningún peso externo que me distrajera— era lo más aterrador que había enfrentado en esta hacienda, incluyendo a
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