Teo Aldave llegó a las diez de la mañana.
Sin anunciarse. Sin agenda visible. Con la postura de alguien que necesita cerrar algo y ha decidido hacerlo antes de que la postergación lo convirtiera en una deuda que ninguno de los dos sabía bien cómo nombrar.
Lo vi cruzar el portón desde la ventana del pasillo.
La primera impresión que me daba, sin la carga de un juicio activo ni la tensión de la cafetería donde lo había reconocido la primera vez, era de alguien más liviano de lo que recordaba. No