La habitación de Dante a esa hora tenía la luz específica de las tardes de otoño: naranja sin calidez, que entra por la ventana norte y define las cosas con más precisión de la que uno preferiría.
No había ambigüedad en ese cuarto.
Yo lo sabía cuando subí.
Dante lo sabía cuando me abrió la puerta y se hizo a un lado sin decir nada, porque así era él: sin preguntas que ya tienen respuesta, sin protocolos que los dos conocemos y ninguno necesita.
Me detuve en el centro del cuarto.
No por indecisi