Encontré a Perla en el jardín de la cocina.
No era su cuarto, no era la cocina —esos eran sus territorios naturales y yo no quería tener esta conversación en el territorio de ninguna de las dos.
El jardín era el espacio intermedio que la hacienda ofrecía: ni completamente interior ni completamente exterior, con el olor a tierra y a las hierbas que Perla cultivaba para la cocina.
Estaba cortando algo.
Cuando llegué, lo dejó.
No le pregunté si podía sentarme. Me senté en el banco de piedra junto