A las dos de la madrugada, el sistema seguía sin apagarse.
No era insomnio en el sentido ordinario — no había ansiedad, no había inventario pendiente que el cerebro quisiera revisar antes de permitir el sueño.
Era otra cosa: los tres vínculos activos simultáneamente, sin la presión de una crisis que los organizara en prioridades, producían una percepción constante que el sistema nervioso todavía no había aprendido a silenciar durante la noche.
Era como intentar dormir con tres conversaciones en