El motor de la camioneta rugía en la entrada de la mansión, un sonido que sintonizaba con la furia contenida en el pecho de Julián. Se ajustó los puños de la camisa con movimientos mecánicos y precisos.A su lado, Alejandro mantenía una postura rígida, con el rostro endurecido por los años de batallas. Los abogados revisaban documentos en silencio en el asiento trasero, preparando el terreno para lo que vendría.—Julián, por favor, déjame ir contigo —suplicó Aurora, alcanzándolo antes de que cerrara la puerta. Sus dedos se cerraron sobre el brazo de su esposo, buscando una conexión que él, en ese momento, no podía permitirse sentir—. No quiero que enfrentes a esa mujer solo. Sé de lo que es capaz.Él se giró y, aunque sus ojos mostraban el cansancio de mil batallas, su voz fue firme. No era un rechazo por falta de amor, sino por protección.—No, Aurora. Lo mejor es que te quedes aquí. No voy solo; voy con mi padre y con el equipo legal. Lo que va a pasar en ese hospital no es algo que
Leer más