El despacho de la fiscalía, estaba ubicado en el centro de la ciudad.
Julián permanecía sentado frente al escritorio del fiscal de turno, un hombre de hombros caídos y mirada cansada que parecía haberlo visto todo.
Alejandro estaba a su lado, con los brazos cruzados, emanando una presión silenciosa que obligaba a los funcionarios a moverse con agilidad. Los abogados ya habían desplegado una serie de carpetas sobre la mesa, documentos que eran la base de la contraofensiva.
—Aquí tiene —dijo Juliá