El murmullo en la sala de audiencias se extinguió de golpe cuando el doctor Méndez desabrochó el cordón de la carpeta de cuero. Cada movimiento del médico era lento, casi ritual, como si supiera que entre sus manos sostenía la guillotina que decapitaría la credibilidad de Esmeralda.
Ella, aferrada a su silla, parecía haber envejecido diez años en diez segundos. Sus nudillos estaban blancos y el sudor comenzaba a arruinar el maquillaje perfecto que había diseñado para lucir como una madre en duel