Los días en la clínica de las islas no transcurrían; se arrastraban como una condena de sal y silencio. Tras el cristal reforzado de la UCI, Aurora parecía una muñeca de porcelana rota, conectada a un enjambre de cables que succionaban su voluntad.
—Hemos forzado el apagado de su conciencia, señor Rivas —sentenció el neurocirujano, cuya voz sonaba fría—. El edema cerebral amenaza con devorar su memoria. El coma inducido es un muro de contención; si lo derribamos antes de tiempo, la mujer que ust