El tiempo pareció congelarse en el jardín de la mansión. Julián intentó dar un paso al frente, con el cuerpo tenso y listo para recibir el impacto si Penélope apretaba el gatillo, pero Aurora, con una agilidad nacida de la falta de miedo, se adelantó.Se colocó justo delante de su esposo, protegiéndolo con su propia vida, y clavó sus ojos en los de Penélope. No había odio en su expresión, solo una claridad absoluta que resultó mucho más imponente que cualquier amenaza armada.—Baja eso, Penélope —dijo Aurora con una voz que no tembló ni un segundo—. Mírame bien. La única persona responsable del infierno en el que estás viviendo eres tú misma. No culpes al destino, ni a la suerte, ni a mí. Tu propia obsesión enferma hacia Julián te ha podrido por dentro, convirtiéndote en alguien que ni tú misma reconoces.Penélope soltó un alarido, un sonido que nació desde lo más profundo de su pecho, cargado de una rabia antigua. El arma temblaba en sus manos, pero no la bajaba. Sus nudillos estaban
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