El motor de la camioneta rugía en la entrada de la mansión, un sonido que sintonizaba con la furia contenida en el pecho de Julián. Se ajustó los puños de la camisa con movimientos mecánicos y precisos.
A su lado, Alejandro mantenía una postura rígida, con el rostro endurecido por los años de batallas. Los abogados revisaban documentos en silencio en el asiento trasero, preparando el terreno para lo que vendría.
—Julián, por favor, déjame ir contigo —suplicó Aurora, alcanzándolo antes de que cer