Damián caminaba a paso apresurado por el estacionamiento de la vieja textilera, ignorando el dolor punzante en su hombro.
La sangre empapaba la tela de su camisa bajo la capucha, pero la adrenalina era más fuerte que la herida. Localizó el auto de Aurora, subió de un salto y encendió el motor, haciéndolo rugir en medio de la soledad industrial.
Conducía con una mano mientras la otra presionaba la zona del disparo, dejando manchas carmesíes en el volante de cuero. Su único objetivo era borrar el