El asfalto parecía arder bajo sus pies mientras corría, pero Aurora no sentía el cansancio. El aire fresco de la calle golpeaba su rostro, intentando limpiar el rastro de una confesión que la había dejado vacía.No regresó a la casa de sus padres; esa mansión era una celda decorada con mentiras. El único lugar donde su alma encontraba descanso era aquella habitación de hospital, blanca y, donde la vida volvía a brotar.Cuando abrió la puerta de la habitación, la encontró dormida, pequeña, frágil, pero viva. Esta vez no había miedo en su pecho al verla así. No era el sueño eterno de antes.Era descanso.Aurora se acercó despacio, con ese cuidado que nace del miedo a perder lo poco que queda. Se sentó junto a la cama y llevó su mano al rostro de la niña, rozando su mejilla con una suavidad que le quebraba algo por dentro.—Hola, mi amor… —susurró, apenas un hilo de voz—. Ya estoy aquí… ya no me voy a ir.Sus dedos temblaron, pero no se apartaron.—Escúchame bien, ¿sí? —continuó, inclinán
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