El timbre sonó con insistencia casi violenta, rompiendo calma de la mañana en la mansión. No era un llamado cortés; era el sonido del pánico llamando a la puerta.
Valentina frunció el ceño desde la sala.
—¿Quién puede ser a esta hora? —su voz era un susurro cargado de veneno—. Solo alguien que ignora las reglas de esta casa se atrevería a perturbarla así.
Alejandro ya iba en camino hacia la puerta cuando el sonido volvió, más fuerte, más desesperado.
Al abrir, se encontró con una escena que lo