Julián no recordaba cómo había llegado al coche ni cuántos semáforos se había saltado. Sus manos, envueltas en pañuelos improvisados que ya se teñían de rojo, apretaban el volante con una fuerza inhumana.
La voz de Esteban, esa seguridad burlona con la que decía estar cuidando de Aurora, le quemaba los oídos. Al llegar al hospital, no esperó a que el motor se detuviera por completo.
Caminó directo.
Y lo vio.
Esteban estaba dentro de la habitación. De pie, demasiado cerca, demasiado cómodo. Como