El asfalto parecía arder bajo sus pies mientras corría, pero Aurora no sentía el cansancio. El aire fresco de la calle golpeaba su rostro, intentando limpiar el rastro de una confesión que la había dejado vacía.
No regresó a la casa de sus padres; esa mansión era una celda decorada con mentiras. El único lugar donde su alma encontraba descanso era aquella habitación de hospital, blanca y, donde la vida volvía a brotar.
Cuando abrió la puerta de la habitación, la encontró dormida, pequeña, frágil