La luz blanca del consultorio caía sobre ellas como una sentencia.
Esmeralda permanecía sentada, con las piernas cruzadas y los dedos entrelazados sobre su bolso. Su postura parecía tranquila, pero su mirada no lo estaba. Observaba cada rincón, cada detalle… como si midiera el peso de lo que estaban a punto de hacer.
El doctor Méndez levantó la vista. Conocía a la acompañante de Esmeralda; compartían secretos que habrían bastado para hundirlos a ambos.
—Aquí está todo lo que necesitan —dijo el m