Los semanas pasaron con una calma que al principio parecía extraña, pero que poco a poco se volvió necesaria. Cada mañana traía pequeños avances, detalles casi imperceptibles que, juntos, construían algo más grande.
La recuperación de Celeste iba a paso lento; no era perfecta ni inmediata pero sí constante. Su risa comenzó a escucharse con más frecuencia, sus ojos recuperaron ese brillo inquieto, y su voz, aún suave, llenaba los espacios de la mansión.
Julián estaba sentado al borde de la cama