Daniel Laner entró en la habitación con el paso de quien es dueño de la mitad del código postal. Sin embargo, al ver a Emma sentada en la cama, tan pequeña y pálida bajo las luces fluorescentes, su arrogancia se desinfló. Noah ya no estaba en la habitación, pero su presencia seguía allí, impregnada en el aire y en la carpeta de documentos que Emma había escondido bajo la almohada.—Emma, gracias a Dios. Me dijeron que podías irte hoy —Daniel se acercó y le tomó la mano. Sus dedos estaban calientes, demasiado seguros—. He organizado todo. Una enfermera privada en casa, el mejor catering para que no tengas que mover un dedo...Emma lo miró. Daniel era un hombre bueno, a su manera. Un hombre que amaba la idea de ella, la imagen de la cirujana brillante que lucía perfecta del brazo de un CEO. Pero no era el hombre que la había sostenido bajo la lluvia, ni el que la hacía temblar de rabia y deseo al mismo tiempo.—Daniel, escucha —Emma le apretó la mano, sintiendo que el nudo en su gargant
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