El despacho de Noah Brook nunca se había sentido tan asfixiante. Sobre el escritorio de caoba, el documento de unión civil aguardaba con la frialdad de una sentencia. El juez de paz, un hombre canoso que parecía haberlo visto todo, observaba con discreción cómo la Dra. Emma Raves tomaba la pluma con una mano que, a pesar de todo, no temblaba.Emma firmó. El trazo de su nombre fue firme, definitivo. Al terminar, dejó la pluma sobre la mesa y se puso de pie antes de que el juez terminara de recoger sus sellos.—Felicidades, Sr. Brook. Dra. Raves —dijo el juez con una sonrisa protocolaria—. Los documentos serán procesados hoy mismo.En cuanto la puerta se cerró tras el juez, Noah dio un paso hacia ella. La tensión en sus hombros parecía haber cedido un milímetro, pero sus ojos buscaban desesperadamente una reacción en Emma que no fuera esa indiferencia gélida.—Emma… ya está. Estás protegida. Nadie podrá cuestionar la legitimidad del niño ahora —dijo Noah, intentando suavizar su voz—. Te
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