La oficina de Noah Brook no olía a hospital esa mañana; olía a papel sellado y a la fría eficiencia de los bufetes de abogados de la City. El Dr. Brook estaba sentado tras su escritorio, con la mandíbula tan apretada que parecía esculpida en granito, mientras un hombre de traje gris oscuro guardaba una serie de documentos en un maletín de cuero.
—Está todo ahí, Noah —dijo el abogado con tono monocorde—. La cláusula de confidencialidad es hermética. Si ella firma, el reconocimiento de paternidad