La puerta de la oficina de Noah se cerró con un chasquido que a Emma le sonó como el cerrojo de una celda. Él no se sentó. Se quedó de pie, dándole la espalda, con los hombros tan tensos que parecían a punto de romperse.
—¿Así que Daniel quería "sexo"? —espetó Noah, escupiendo la última palabra como si fuera veneno. Se giró lentamente, con los ojos encendidos—. ¿Y tú qué hiciste, Emma? ¿Saliste corriendo porque te dio asco, o porque te dio miedo que él notara que ya no le perteneces?
—¡Basta, N