El silencio en el Suburban blindado era tan denso que Ximena podía escucharlo presionar contra sus tímpanos. Sebastián había permanecido callado durante todo el trayecto de regreso desde las oficinas de la CNBV, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en algún punto invisible más allá de la ventana polarizada. Rodrigo conducía con su habitual profesionalismo impasible, pero Ximena notó cómo sus ojos se movían constantemente hacia el espejo retrovisor, evaluando el estado emocional de su jefe con la precisión de alguien que lo había conocido durante años.Habían pasado cuarenta minutos desde que Fernando Ibarra les mostró la evidencia contra Patricia Mendoza. Cuarenta minutos desde que descubrieron que la mujer que había trabajado en Alcázar Enterprises durante ocho años, que había tenido acceso a cada secreto corporativo, cada estrategia confidencial, cada movimiento planificado, era en realidad la arquitecta de su destrucción.Y en esos cuarenta minutos, Sebastián no había pronunciado
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