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El Hospital Ángeles del Pedregal olía a antiséptico y a las mentiras piadosas que los médicos aprendían a decir en las salas de espera. Ximena llevaba tres horas sentada en una silla de plástico del pasillo del tercer piso, con una taza de café frío entre las manos que había olvidado beber desde hacía cuarenta minutos.

Camila estaba en la habitación 312. Estable, había dicho el médico. Sin heridas físicas graves. Pero con los signos de quien ha pasado demasiadas horas bajo presión extrema sin ag
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