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El Hospital Ángeles del Pedregal olía a antiséptico y a las mentiras piadosas que los médicos contaban a las familias en las salas de espera. Ximena estaba sentada en una silla de plástico naranja que había visto demasiados cuerpos exhaustos, con una taza de café que se había enfriado hace una hora entre sus manos temblorosas. A su alrededor, el mundo continuaba moviéndose—enfermeras corriendo de un lado a otro, médicos consultando tablets, familias llorando o rezando o simplemente existiendo en