El despacho de Marcos Aguirre a las ocho de la mañana del jueves siguiente olía a café fuerte y a la expectativa específica de quienes están a punto de hacer algo que no tiene marcha atrás.Eran cinco personas en la sala: Sebastián, Ximena, Marcos, Javier, y una mujer que Ximena no había visto antes y que Marcos presentó como la Fiscal Adjunta Fernanda Castro, especialista en delitos financieros y con jurisdicción directa sobre el tipo de caso que estaban a punto de presentar.Fernanda Castro tenía cuarenta y cinco años, cabello oscuro recogido sin artificios, y la mirada de alguien que ha procesado suficientes expedientes como para no sorprenderse fácilmente ante nada. Cuando Marcos puso los primeros documentos frente a ella esa mañana, los revisó con un silencio que duró quince minutos, durante los cuales nadie en la sala habló.Cuando terminó de leer la primera carpeta, levantó la vista hacia Sebastián.—¿Cuánto tiempo llevan construyendo esto? —preguntó.—La investigación comenzó h
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