El amanecer había llegado con esa luz gris y despiadada que hacía que la Ciudad de México pareciera más un purgatorio que una metrópolis. Ximena llevaba cuatro horas despierta, sentada en el estudio del penthouse con una taza de café que se había enfriado hace una hora entre sus manos. A su alrededor, documentos se esparcían como evidencia de un crimen que se había cometido mucho antes de que ella naciera.
Sebastián estaba de pie junto a los ventanales, observando el tráfico que comenzaba a acum