Beatriz Solís había pasado veinticinco años viviendo en la casa de Lomas de Chapultepec y los últimos tres días en una propiedad en Coyoacán que olía a madera vieja y a plantas que alguien regaba con regularidad aunque nadie viviera ahí permanentemente.
Era, paradójicamente, el espacio donde parecía más cómoda que en ninguno de los dos.
Ximena llegó el lunes por la mañana, con café de la cafetería que quedaba a tres cuadras y con la humildad específica de quien sabe que no tiene respuestas prepa