Cuando Ximena cruzó aquella pesada puerta blindada, cada uno de sus pasos era lento, como si intentara liberarse de un bloque de ámbar sólido. Las puertas del ascensor se cerraron lentamente, dejando atrás el ático que había simbolizado sus veinticinco años de vida sumisa.En el espejo del ascensor se reflejaba una sombra desordenada. Era su cabello, revuelto por la fuerza con la que Damián la había golpeado; unos cuantos mechones caían desaliñados sobre sus mejillas, ocultando la mitad de su rostro inflamado. Ximena se quedó mirando a la mujer del espejo —aquella que, en su afán por ser la "perfección" personificada, siempre mantenía la espalda recta y una expresión perpetuamente dócil—, que ahora lucía tan frágil y extraña. Alzó su mano temblorosa y, con un gesto elegante, apartó un mechón tras otro hacia atrás de sus orejas, tratando de recuperar aquel último vestigio de dignidad. En el reflejo, sus ojos húmedos la miraban con terquedad; aunque sentía que las cuencas le iban a esta
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