Si el mundo fuera justo, el suelo se habría abierto y habría tragado a Ximena entera en ese momento.Pero el mundo nunca había sido justo con ella, así que en lugar de una salida misericordiosa, tuvo que enfrentar los ojos oscuros de Sebastián Alcázar mientras él la observaba con esa calma depredadora que sugería que controlaba absolutamente cada variable en esta ecuación. El restaurante continuaba su elegante ballet alrededor de ellos—meseros deslizándose entre mesas, cristalería tintineando suavemente, conversaciones murmuradas en francés y español—completamente ajeno al hecho de que Ximena acababa de entrar en una trampa que ella misma había construido con su desesperación.—Sabías quién era yo. —Las palabras salieron acusatorias, cargadas de toda la traición que había estado fermentando desde que vio ese mensaje en su teléfono—. Anoche en el bar. Sabías exactamente quién era.—Sí. —Sebastián no intentó negarlo, y de alguna manera eso era peor que una mentira elaborada—. Pero no pl
Leer más