Mundo de ficçãoIniciar sessãoSi el mundo fuera justo, el suelo se habría abierto y habría tragado a Ximena entera en ese momento.
Pero el mundo nunca había sido justo con ella, así que en lugar de una salida misericordiosa, tuvo que enfrentar los ojos oscuros de Sebastián Alcázar mientras él la observaba con esa calma depredadora que sugería que controlaba absolutamente cada variable en esta ecuación. El restaurante continuaba su elegante ballet alrededor de ellos—meseros deslizándose entre mesas, cristalería tintineando suavemente, conversaciones murmuradas en francés y español—completamente ajeno al hecho de que Ximena acababa de entrar en una trampa que ella misma había construido con su desesperación.
—Sabías quién era yo. —Las palabras salieron acusatorias, cargadas de toda la traición que había estado fermentando desde que vio ese mensaje en su teléfono—. Anoche en el bar. Sabías exactamente quién era.
—Sí. —Sebastián no intentó negarlo, y de alguna manera eso era peor que una mentira elaborada—. Pero no planeé encontrarte ahí. Eso fue... coincidencia genuina.
—Mentira. —Ximena se aferró a su bolso como si fuera salvavidas—. Coincidencia perfectamente conveniente.
—La vida está llena de coincidencias convenientes. —Sebastián hizo un gesto hacia la silla frente a él—. Siéntate, Ximena. Escúchame. Luego decides si quieres irte o quedarte.
Cada instinto le gritaba que huyera. Pero la demanda de cincuenta millones de pesos pesaba más que el orgullo. Ximena se sentó.
—Tienes cinco minutos.
La sonrisa que curvó los labios de Sebastián fue lenta, triunfal.
—Sebastián Alcázar, CEO de Alcázar Industries. —Comenzó como si estuviera presentándose en una reunión de negocios, no confesando manipulación calculada—. Conocí a Damián Urquiza en Stanford hace once años. Éramos amigos entonces. O eso creí.
Hizo una pausa mientras el mesero les servía agua, esperando hasta que estuvieran solos nuevamente antes de continuar.
—Durante nuestro último año, desarrollamos juntos un proyecto—plataforma de inversión que revolucionaría el mercado financiero mexicano. Yo puse la idea, el código, todo el trabajo. Damián puso el carisma y las conexiones. —Los dedos de Sebastián se apretaron alrededor de su copa de vino—. Una semana antes de nuestra presentación con inversionistas, robó todo. Registró las patentes a su nombre, presentó el proyecto sin mí, y fundó Urquiza Financial con el dinero que debió ser nuestro.
—¿Y tu familia? —preguntó Ximena, odiando cómo su voz temblaba de interés genuino.
—Casi perdieron todo intentando pelear legalmente. Mi padre tuvo un infarto por el estrés. —La voz de Sebastián se volvió hielo puro—. Damián me quitó más que un negocio. Casi me quitó a mi padre.
Por un momento—horrible, tentador momento—Ximena sintió empatía. Luego recordó que este hombre la había investigado, la había seducido probablemente como parte de este mismo plan de venganza.
—Qué historia trágica. —Las palabras salieron más frías de lo que pretendía—. Pero no explica por qué me usaste.
—No te usé anoche. —Sebastián se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio—. Cuando entraste a ese bar, no tenía idea de quién eras. No supe hasta que mis asistentes me enviaron el informe a las tres de la mañana. Para entonces ya estabas dormida en mi cama.
—¿Y eso se supone que me hace sentir mejor?
—Se supone que te hace entender que lo que pasó entre nosotros fue real. —Sus ojos la atraparon—. Todo lo demás... eso es negocios.
—Negocios. —Ximena rio sin humor—. ¿Eso es lo que soy para ti? ¿Una oportunidad de negocios?
—Eres la oportunidad perfecta para destruir al hombre que arruinó a mi familia. —No había disculpa en su voz, solo honestidad brutal—. Y yo soy tu única posibilidad de sobrevivir lo que Damián planea hacerte.
Puso un folder sobre la mesa. Ximena lo abrió con dedos temblorosos. Dentro había copias de documentos legales—la demanda que ya conocía, pero también otros. Orden de embargo. Investigación fiscal. Artículos de prensa que estaban siendo preparados para publicación, todos pintándola como cazafortunas que intentó atrapar a Damián Urquiza.
—Damián no solo quiere tu dinero. —Sebastián señaló los artículos—. Quiere tu reputación. Tu futuro. Todo.
—¿Y tú qué quieres? —La pregunta salió como susurro derrotado.
—Quiero que seas mi novia durante seis meses. —Dijo las palabras como si estuviera proponiendo matrimonio, no contrato transaccional—. En público. En eventos. En las páginas de sociedad donde Damián las lea y se consuma sabiendo que la mujer que descartó ahora está con su peor enemigo.
—Básicamente quieres comprarme.
—Quiero ofrecerte libertad a cambio de tu tiempo. —Sebastián sacó otro documento—. Cincuenta millones depositados mañana mismo en una cuenta a tu nombre. Departamento en Reforma, completamente pagado. Auto. Tarjeta de crédito sin límite. Protección legal total. Y cuando termine el contrato, todo es tuyo. Sin condiciones.
El papel temblaba en las manos de Ximena mientras leía los términos. Era obsceno. Era inmoral. Era exactamente lo que necesitaba para sobrevivir.
—Mis padres me vendieron a Damián por una fusión empresarial. —Murmuró más para sí misma que para él—. ¿Cuál es la diferencia?
—La diferencia es que aquí tú tienes el poder. —Sebastián tomó su mano sobre la mesa, el toque enviando electricidad por su brazo—. Puedes terminar esto cuando quieras. Puedes negociar términos. Puedes decirme que me vaya al infierno si no te gusta algo.
—¿Y si me niego ahora?
La sonrisa de Sebastián se desvaneció.
—Entonces Damián te destruirá. Tus padres te repudiarán. Y en seis meses estarás en bancarrota, sola, y probablemente enfrentando cargos penales que él inventará. ¿Realmente puedes darte el lujo de rechazar esto?
No. No podía.
—Nada de sexo. —Las palabras salieron firmes, la única línea que podía trazar—. A menos que yo inicie.
—Aceptado. —Sebastián ni siquiera parpadeó—. Pero en público debemos ser convincentes. Manos entrelazadas. Besos casuales. El tipo de contacto que hace que la gente crea que estamos enamorados.
—¿Cuánto tiempo tengo para decidir?
—Cuarenta y ocho horas. —Señaló el contrato—. Lee cada palabra. Consulta con abogados si quieres. Asegúrate de que entiendes exactamente en qué te estás metiendo.
Ximena observó el documento como si fuera serpiente venenosa. Probablemente lo era.
—¿Por qué yo? —La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla—. Podrías conseguir cualquier mujer para esto. Actrices. Modelos. Personas que venden su imagen por mucho menos dinero.
Sebastián se quedó en silencio por un largo momento, sus ojos estudiándola con una intensidad que hizo que su piel se erizara.
—Porque vi cómo te levantaste después de que Damián te golpeó. Vi rabia en tus ojos, no derrota. Vi a alguien que finalmente se cansó de ser pisoteada. —Se inclinó más cerca—. Y porque si voy a declarar guerra total, quiero a alguien que luche a mi lado. No alguien que se esconda detrás de mí.
El aire entre ellos se volvió denso, cargado de algo que iba más allá del acuerdo de negocios que estaban discutiendo. Por un segundo—glorioso, peligroso segundo—Ximena recordó cómo se había sentido en sus brazos la noche anterior. Cómo la había hecho sentir vista, deseada, importante.
Luego recordó que todo podía haber sido mentira.
El momento se rompió cuando una voz familiar atravesó el restaurante como cuchillo.
—Hermanita. Qué sorpresa encontrarte aquí.
Ximena se giró tan rápido que casi derribó su copa de agua.
Camila Solís estaba de pie a tres metros de su mesa, y era exactamente como Ximena la recordaba pero diferente en formas que desorientaban. Su hermana mayor lucía el bronceado de meses en playas tropicales, su cabello castaño claro ahora con mechas doradas por el sol. Estaba más delgada que antes—excepto por el vientre redondeado inconfundible de cuatro o cinco meses de embarazo que tensaba su vestido de diseñador.
El mundo se detuvo.
—Camila. —El nombre salió estrangulado de la garganta de Ximena—. ¿Qué... qué haces aquí?
—Regresé hace dos días. —Camila se acercó con esa gracia que siempre había poseído, la que hacía que cada movimiento pareciera coreografiado—. Iba a llamarte, pero escuché que estabas... ocupada.
Sus ojos se deslizaron hacia Sebastián con reconocimiento que hizo que el estómago de Ximena se contrajera.
—Sebastián Alcázar. —Camila prácticamente ronroneó el nombre—. Qué interesante verte con mi hermanita.
—Camila. —Sebastián se puso de pie con cortesía automática, pero su voz era hielo—. Felicidades por tu regreso.
—Gracias. —La sonrisa de Camila era pura dulzura venenosa—. Aunque tengo mejores noticias que compartir.
No. No, no, no.
—Damián y yo vamos a casarnos. —Las palabras cayeron como bombas—. El bebé es suyo. Estuvimos juntos hace cinco meses, justo antes de que yo... necesitara tiempo para mí misma. Cuando descubrí que estaba embarazada, supe que debía regresar. Por nuestro hijo.
El restaurante pareció inclinarse en su eje. Ximena sintió cómo cada certeza que tenía sobre su vida se desintegraba en cenizas.
—¿Qué? —Apenas pudo formar la palabra.
—Lo siento, hermanita. —Camila colocó una mano perfectamente manicurada sobre su vientre—. Sé que fuiste... el reemplazo temporal mientras yo estaba fuera. Pero ya no te necesitamos. Damián y yo vamos a ser una familia.
La miró con lástima que era más cruel que cualquier insulto directo.
—Espero que encuentres tu propio camino. De verdad. Pero deja de intentar vivir mi vida.
Camila se alejó con un último vistazo a Sebastián—evaluador, interesado—dejando a Ximena temblando de rabia, humillación y algo que se parecía peligrosamente al alivio.
Sebastián esperó hasta que Camila desapareció antes de hablar.
—¿Estás bien?
—No. —Ximena rio, un sonido quebrado que amenazaba con convertirse en sollozo—. Absolutamente no estoy bien.
Sebastián extendió su mano sobre la mesa, palma hacia arriba. Una oferta. Una alianza.
—¿Trato?
Ximena observó esa mano como si fuera salvavidas en océano tormentoso. Probablemente la arrastraría al fondo. Probablemente la destruiría. Pero morir ahogándose parecía mejor que ahogarse sola.
Tomó su mano.
—Trato. —Su voz salió firme, alimentada por rabia que había estado acumulándose durante veinticinco años—. Vamos a destruir a Damián Urquiza.
La sonrisa que curvó los labios de Sebastián fue depredadora, prometiendo guerra y caos y venganza servida en platos de plata.
—Eso, mi querida Ximena, es exactamente lo que quería escuchar.







