Mundo ficciónIniciar sesiónEn este restaurante abarrotado de élites, entre los susurros de la alta sociedad y el tintineo de las copas de cristal, Ximena se vio obligada a enfrentar los ojos oscuros de Sebastián Alcázar. Él se reclinaba en su silla de cuero, agitando su copa de vino con una parsimonia que congelaba la sangre. Esa calma de depredador sugería que controlaba cada variable de la ecuación, y ella no era más que una presa calculada.
—Tú ya sabías quién era yo desde el principio —espetó Ximena, clavándose las uñas en las palmas de sus manos—. Anoche en el bar... ¿estabas calculando mi valor como una pieza de ajedrez?
—Sí. —La honestidad brutal de Sebastián fue más letal que cualquier mentira elaborada—. Sabía exactamente quién eras antes de que te sentaras en ese taburete.
El mundo de Ximena se tambaleó. Si el universo fuera justo, la tierra se habría abierto para tragarla entera.
Pero el destino jamás había tenido favoritos con ella.
Sebastián se inclinó hacia adelante sobre la mesa, invadiendo agresivamente su espacio personal, mientras su aroma masculino—una mezcla embriagadora de cedro oscuro y tabaco caro—la envolvía como una trampa perfectamente diseñada.
—Pero no planeé encontrarte allí esa noche específica —su voz bajó hasta convertirse en un murmullo grave—. Eso fue una coincidencia genuina. Una pura y maravillosa coincidencia que el destino puso en mi camino. Y yo nunca rechazo los regalos que el destino coloca ante mí.
—Mentiroso —susurró Ximena entre dientes apretados, con la voz quebrada por la furia.
—La vida está llena de coincidencias convenientes, Ximena. —Su voz era baja y magnética, cargada de una autoridad incuestionable—. Ahora tienes dos opciones muy claras. Primera: te levantas de esta silla, cruzas esa puerta como heroína dramática, y en menos de veinticuatro horas perderás tu apartamento, tu auto y ese apellido del que tanto te enorgulleces, para terminar llorando en los suburbios mientras enfrentas la orden de embargo que Damián presentará mañana mismo. Segunda opción: te sientas, me escuchas hasta el final, y recuperas absolutamente todo lo que te pertenece por derecho.
Cada instinto primitivo de supervivencia de Ximena le gritaba que huyera. Pero los cincuenta millones de pesos de indemnización pesaban sobre su espalda como una lápida de mármol macizo. No solo había perdido a su familia biológica, sino que había sido desterrada oficialmente de la alta sociedad mexicana. Si no aceptaba esta oferta diabólica, se convertiría exactamente en lo que Camila siempre había dicho que era: un sustituto desechable sin valor propio.
—Siento curiosidad por saber por qué haces esto realmente —dijo Ximena, enderezando su columna vertebral con la última dignidad que le quedaba—. Antes de hablar de negocios sucios, cuéntame tus antecedentes completos con Damián. Necesito medir si eres un socio confiable o simplemente otro manipulador.
Sebastián guardó silencio por un momento que se extendió como eternidad, sus ojos estudiándola con una intensidad que hacía que su piel se erizara bajo el vestido negro.
—Sebastián Alcázar, CEO de Industrias Alcázar —comenzó finalmente a presentarse con el tono formal que usaría en una reunión corporativa—. Hace once años, cuando ambos estudiábamos en Stanford, conocí a Damián Urquiza. En ese entonces éramos amigos cercanos, o al menos eso era lo que yo creía ingenuamente.
Se detuvo mientras el camarero vestido impecablemente se acercaba para servir agua en copas de cristal, esperando pacientemente a que volvieran a estar completamente a solas antes de continuar.
—Durante nuestro último año académico, desarrollamos juntos un proyecto ambicioso: una plataforma de inversión revolucionaria que cambiaría completamente el mercado financiero mexicano. Yo aporté la idea original, el código completo, todo el trabajo técnico. Damián aportó el carisma natural y los contactos familiares. —Los dedos de Sebastián se tensaron visiblemente alrededor de la copa de vino hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Una semana antes de nuestra presentación crucial ante los inversores, se lo robó todo sin remordimiento alguno. Registró las patentes a su nombre exclusivamente, presentó el proyecto a mis espaldas como si fuera creación suya, y fundó Urquiza Financial con el dinero que legalmente nos pertenecía a ambos.
—¿Y tu familia? —preguntó Ximena, odiando la genuina curiosidad que tiñó su voz a pesar de todo.
—Para costear el litigio interminable, lo perdieron casi todo. —La voz de Sebastián se volvió tan gélida que Ximena sintió frío recorrer su columna—. Mi padre sufrió un infarto masivo por el estrés acumulado. Estuvo al borde de la muerte durante semanas. Damián no solo me robó un negocio millonario. Casi me arrebata a mi padre para siempre.
Por un instante—un instante aterrador y tentador—Ximena sintió empatía genuina hacia este hombre que compartía su dolor. Luego recordó con claridad cristalina que este mismo hombre la había investigado meticulosamente, y que seducirla en ese bar probablemente había sido parte integral de su elaborado plan de venganza.
—Una tragedia verdaderamente conmovedora —dijo ella, inyectando más frialdad en su tono de la que realmente pretendía—. Pero eso no explica por qué decides utilizarme a mí específicamente como tu arma.
—Es para que entiendas que lo que pasó entre nosotros anoche fue completamente real. —Su mirada oscura la ancló en su lugar—. Todo lo demás... son simplemente negocios fríos y calculados.
—Negocios. —Ximena soltó una carcajada áspera sin ninguna emoción real detrás—. ¿Eso soy para ti? ¿Una simple oportunidad de negocio rentable?
—Eres la oportunidad perfecta para destruir sistemáticamente al hombre que arruinó a mi familia. —Su tono no ofrecía disculpas, solo una honestidad brutal que cortaba como vidrio—. Y yo soy tu única oportunidad real de sobrevivir a la conspiración que Damián está orquestando contra ti en este momento.
Puso una carpeta de cuero sobre la mesa con movimiento deliberado. Ximena la abrió con dedos que temblaban traicioneramente. Dentro había copias de documentos legales: además de las demandas que ya conocía, había órdenes de embargo detalladas, investigaciones fiscales fabricadas, y varios borradores de artículos periodísticos listos para publicarse, donde la retrataban como una cazafortunas calculadora.
—Damián no solo quiere destruir tus finanzas —Sebastián señaló los artículos con dedo acusador—. Quiere aniquilar tu reputación completamente. Tu futuro. Todo lo que eres.
—¿Y tú qué quieres de mí exactamente? —La pregunta salió como susurro de derrota absoluta.
—Quiero que seas mi novia oficial durante seis meses. —Lo dijo con el tono casual de quien propone un compromiso matrimonial romántico, no un contrato comercial sucio—. En público. En eventos sociales. En las páginas de sociedad que Damián lee religiosamente cada mañana. Que lo vea, que lo lea, que sepa que la mujer que desechó tan cruelmente está ahora del brazo de su peor enemigo, y que esa verdad lo consuma lentamente desde adentro.
—En pocas palabras directas, quieres comprarme como mercancía.
—Quiero intercambiar tu tiempo por libertad absoluta. —Sebastián sacó otro documento perfectamente doblado—. Mañana mismo se depositarán cincuenta millones de pesos en una cuenta nueva a tu nombre. Apartamento en Reforma, completamente pagado. Auto de lujo. Tarjeta de crédito sin límite de gasto. Protección legal total e inquebrantable. Al terminar el contrato de seis meses, todo será tuyo sin condiciones adicionales.
El papel temblaba traicioneramente en las manos de Ximena mientras leía los términos detallados. Era sucio, inmoral, transaccional. Pero era exactamente lo que necesitaba para sobrevivir esta pesadilla.
—Mis padres me vendieron a Damián para salvar la fusión de la empresa familiar —murmuró más para sí misma que para él—. ¿Qué diferencia real hay entre eso y esto?
—La diferencia es que aquí, el poder verdadero está en tus manos. —Sebastián tomó su mano sobre la mesa; la descarga eléctrica del contacto físico recorrió su brazo completo—. Puedes terminarlo cuando quieras. Puedes negociar cualquier término. Y si algo te disgusta, puedes mandarme al infierno en cualquier momento sin consecuencias.
—¿Y si me niego ahora mismo?
La sonrisa de Sebastián desapareció completamente. —Entonces Damián te destruirá metódicamente. Tus padres te repudiarán oficialmente. En seis meses estarás en completa bancarrota, absolutamente sola, y posiblemente enfrentando cargos penales completamente fabricados. ¿Realmente tienes el capital para negarte?
No. No lo tenía.
—Nada de relaciones físicas íntimas —sentenció ella, marcando su única línea roja inquebrantable—. A menos que yo lo decida explícitamente.
—Hecho. —Sebastián ni siquiera parpadeó—. Pero en público, debemos ser absolutamente convincentes. Tomarnos de la mano. Algún beso ocasional estratégico. El tipo de interacción física que convenza al mundo entero de que nos hemos enamorado perdidamente.
—¿Cuánto tiempo tengo para pensarlo?
—Cuarenta y ocho horas. —Señaló el contrato—. Lee cada palabra. Consulta a un abogado si quieres. Asegúrate de entender exactamente en qué te estás involucrando.
Ximena observó el documento como si fuera serpiente venenosa lista para atacar.
—¿Por qué yo específicamente? —La pregunta escapó antes de poder detenerla—. Podrías haber elegido a cualquier mujer. Actrices famosas, modelos profesionales... mujeres que venderían su imagen por mucho menos dinero.
Sebastián guardó silencio por un tiempo que pareció eterno, escrutándola con intensidad que erizaba su piel.
—Porque vi cómo te levantaste después de que Damián te pisoteara brutalmente. Vi furia pura en tus ojos, no derrota cobarde. Vi a alguien que finalmente se hartó de ser humillado constantemente. —Se acercó peligrosamente más—. Y si voy a desatar una guerra total sin cuartel, quiero a alguien que luche ferozmente a mi lado, no a alguien que se esconda cobardemente detrás de mí.
El aire entre ellos se volvió tan denso que Ximena podía saborearlo. Por un segundo glorioso, recordó cómo se sintió en sus brazos la noche anterior. Cómo la hizo sentir vista, deseada, valorada.
Luego recordó que todo podía haber sido mentira.
En ese instante preciso, una voz familiar cortó el aire del restaurante como puñal afilado.
—Querida hermana, qué sorpresa tan inesperada verte aquí.
Ximena se giró tan rápido que casi derribó su copa.
Camila Solís estaba a tres metros de distancia. Era tal como la recordaba, pero con cambios que resultaban desconcertantes. Traía un bronceado de meses en playas tropicales y destellos dorados en su cabello castaño. Estaba más delgada que antes, excepto por ese vientre redondeado inconfundible de cinco meses de embarazo que tensaba su vestido de diseñador.
El mundo se detuvo completamente.
—Camila. —La voz de Ximena se secó como desierto—. ¿Tú... qué haces aquí?
—Regresé hace dos días del paraíso. —Camila se acercó con su paso elegante de siempre, ese andar que había perfeccionado desde la infancia—. Quería llamarte, pero me enteré de que estabas... ocupada.
Su mirada se deslizó hacia Sebastián con una familiaridad que le revolvió el estómago a Ximena.
—Sebastián Alcázar. —Susurró Camila con voz que goteaba interés—. Qué interesante verte con mi hermana menor.
—Camila. —Sebastián se levantó por cortesía automática, pero su voz era hielo puro—. Felicidades por tu regreso tan oportuno.
—Gracias. —La sonrisa de Camila era pura dulzura letal—. Pero tengo mejores noticias que compartir con ustedes.
No. No, no, no.
—Damián y yo vamos a casarnos. —La frase cayó como bomba nuclear—. El bebé es suyo. Estuvimos juntos desde hace cinco meses, justo antes de que yo me tomara ese "tiempo para mí misma". Cuando descubrí que estaba embarazada, supe que debía volver. Por nuestro hijo.
El restaurante pareció inclinarse violentamente sobre su eje. Ximena sintió que toda certeza que tenía sobre su vida se hacía cenizas.
—¿Qué? —Apenas pudo articular la palabra.
—Lo siento, hermanita. —Camila puso una mano perfectamente manicurada sobre su vientre abultado—. Sé que fuiste... el reemplazo temporal mientras yo no estaba. Pero ya no te necesitamos. Damián y yo vamos a formar una familia de verdad.
Miró a Ximena con una lástima que era más cruel que cualquier insulto directo.
—Espero que encuentres tu propio camino. De verdad lo espero. Pero deja de intentar vivir mi vida, Ximena.
Camila lanzó una última mirada evaluadora y claramente interesada hacia Sebastián antes de alejarse con su elegancia característica, dejando a Ximena temblando en una mezcla explosiva de rabia, humillación y algo peligrosamente parecido al alivio.
Sebastián esperó hasta que Camila desapareciera completamente entre las mesas antes de hablar.
—¿Estás bien?
—No. —Ximena soltó una carcajada rota que amenazaba con convertirse en sollozo—. Absolutamente no estoy nada bien.
Sebastián extendió su mano sobre la mesa, con la palma hacia arriba. Una oferta clara. Una alianza oscura.
—¿Trato hecho?
Ximena miró esa mano como si fuera un salvavidas en medio de un océano en tormenta. Podría hundirla hasta el fondo, destruirla completamente. Pero ahogarse sola parecía infinitamente peor que hundirse acompañada.
Apretó su mano con fuerza.
—Trato hecho. —Su voz salió firme, cargada de veinticinco años de furia acumulada—. Vamos a destruir a Damián Urquiza completamente.
La sonrisa de Sebastián fue absolutamente depredadora, prometiendo guerra sin cuartel, caos controlado y venganza servida en bandeja de plata.
—Bienvenida al infierno, mi querida futura Señora Alcázar.







