Mundo ficciónIniciar sesiónLo que Sebastián le contó esa tarde en la cafetería de la Condesa era suficiente para cambiar todo lo que Ximena creía saber sobre su familia, pero no suficiente para entender completamente qué implicaba ese cambio.
Roberto Solís tenía conexiones financieras con un hombre llamado Viktor Molina. Las conexiones eran antiguas, cuidadosamente estructuradas para no ser visibles en auditorías superficiales, y operaban a través de una red de empresas que distribuían transacciones de manera que ninguna sola pareciera irregular.
Viktor Molina no aparecía en registros corporativos mexicanos bajo ese nombre. Pero aparecía en documentos financieros del Caribe, en fideicomisos en Luxemburgo, en registros parciales de operaciones que Sebastián había pasado años rastreando con la paciencia de quien sabe que las redes complejas siempre tienen puntos donde los hilos se cruzan de manera visible.
—¿Qué hace este hombre? —preguntó Ximena.
—Facilita movimientos de capital que no deben rastrearse demasiado fácilmente —respondió Sebastián—. Tu padre no es el único con quien trabaja. Pero es uno de los socios más antiguos.
—¿Y mi abuela lo sabía?
—Guadalupe sospechaba. Por eso me contrató. Para confirmar.
Ximena miró su taza de café, que ya estaba fría. Pensó en Guadalupe, en la manera en que la recordaba: una mujer pequeña y directa que nunca desperdiciaba palabras ni tiempo, que tenía la capacidad específica de las personas que han visto mucho de hacer que la gravedad de una situación no se notara en su rostro hasta que era el momento correcto de mostrarla.
—¿Crees que mi padre tuvo algo que ver con su muerte? —preguntó sin levantar la vista.
Sebastián tardó exactamente lo correcto antes de responder.
—Creo que su muerte fue conveniente para ciertas personas —dijo—. Y creo que Guadalupe sabía suficiente para ser un problema.
Era una respuesta que no decía sí pero tampoco decía no. Ximena lo reconoció como la honestidad de alguien que no quiere afirmar lo que no puede probar.
—¿Qué necesitas de mí? —preguntó.
—Por ahora, nada que no puedas decidir libremente. —Sebastián la miró directamente—. Pero hay algo que deberías saber. El compromiso con Damián Urquiza no fue idea de tu padre solamente.
—¿Qué significa eso?
—Significa que Damián tiene su propia relación con Viktor Molina. Indirecta, menos desarrollada que la de Roberto, pero existe. —Sebastián hizo una pausa—. Estar comprometida con Damián te ponía en una posición incómoda desde varias perspectivas.
Ximena procesó esto en silencio.
—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo que yo estaba comprometida con él?
—Desde que se anunció el compromiso.
—¿Y no dijiste nada?
—No tenía forma de acercarme sin revelar que había estado investigando a tu familia durante siete años, lo cual dificulta cualquier conversación inicial.
Ximena soltó algo que casi fue una risa.
—¿Entonces esperaste a que yo terminara con él y apareciste en el mismo bar la misma noche?
—Fue más deliberado que esperar. Tenía gente monitoreando la situación. Cuando supe que habías salido del departamento de Damián con una maleta, tomé la decisión de acercarme.
—Eso es perturbador.
—Sí —admitió Sebastián con la misma calma—. Lo entiendo. Si quieres irte ahora, lo entiendo también.
Ximena no se fue.
Permaneció sentada frente a él, con la taza fría entre las manos, y pensó en siete años. En Guadalupe muriendo en una carretera. En Roberto y sus arreglos convenientes. En Damián y la palma de su mano contra su mejilla.
En la invisible red de cosas que habían estado sucediendo a su alrededor mientras ella vivía en los bordes, demasiado ocupada siendo invisible para notar que la invisibilidad también tenía sus propios riesgos.
—¿Qué estás planeando hacer con toda esa información? —preguntó.
—Usarla para construir un caso que resista un juzgado —respondió Sebastián—. Lo que tengo ahora no es suficiente. Necesito más tiempo y algunas posiciones estratégicas que no tengo.
—¿Qué tipo de posiciones?
Sebastián la miró.
—Roberto Solís va a presionarte para que arregles la situación con Damián —dijo—. Cuando eso suceda, y va a suceder rápido, vas a necesitar una posición que te proteja legalmente y que te dé margen para tomar decisiones propias.
—¿Qué tipo de posición?
—Una que Roberto no pueda controlar directamente. —Sebastián guardó silencio un momento—. Hay una propuesta que necesito que escuches. Puedes rechazarla completamente y yo respetaré eso. Pero necesito que la escuches primero.
La propuesta era la siguiente:
Sebastián Alcázar necesitaba una socia temporal. Alguien cuya presencia en ciertos contextos sociales y empresariales le diera acceso a espacios que él solo no podía ocupar sin levantar sospechas. Alguien con el apellido Solís, que conociera desde adentro los círculos en los que Roberto operaba.
A cambio, ofrecía protección legal ante cualquier acción que Roberto o Damián pudieran tomar por la ruptura del compromiso, acceso a toda la información que había recopilado sobre la familia de Ximena, y una suma de cincuenta millones de pesos depositada en una cuenta a su nombre al término del acuerdo.
El acuerdo duraría seis meses.
Durante ese tiempo, se presentarían públicamente como pareja.
—Estás proponiendo que finjas ser mi novio —dijo Ximena.
—Estoy proponiendo un acuerdo mutuamente beneficioso con términos claros —corrigió Sebastián—. Ninguno de los dos finge nada. Simplemente elegimos presentarnos juntos en ciertos contextos.
—La diferencia es semántica.
—La diferencia está en los términos del contrato. Si quieres, podemos redactarlo esta semana con abogados de ambas partes y revisar cada cláusula.
Ximena lo miró durante un momento.
—¿Por qué yo específicamente? —preguntó—. ¿Por qué no otra persona con mejores conexiones o más experiencia en este tipo de situaciones?
—Porque llevas siete años más cerca de esto que cualquier otra persona que pudiera pedirle lo mismo. —Sebastián no desvió la mirada—. Y porque Guadalupe confiaba en ti sin habértelo dicho explícitamente. Eso importa.
El silencio que siguió fue largo.
Afuera de la cafetería, la tarde de noviembre en la Condesa seguía siendo la tarde de noviembre en la Condesa. El mundo no había cambiado mientras Ximena procesaba la información que en el espacio de una conversación había reorganizado los últimos siete años de su vida.
—Necesito tiempo para pensarlo —dijo finalmente.
—Por supuesto.
—Y necesito leer los términos completos antes de decidir cualquier cosa.
—Puedo tenerlos listos mañana.
Ximena asintió. Se puso de pie, tomó su bolso, y miró a Sebastián una última vez desde el otro lado de la mesa.
—Una pregunta más —dijo.
—Adelante.
—¿Realmente crees que puedes construir un caso contra Viktor Molina?
Sebastián la miró con esa calma que Ximena estaba aprendiendo a reconocer como algo más parecido a la certeza que a la confianza.
—Llevo siete años en eso —respondió—. Sí.







