Mundo ficciónIniciar sesiónCuando Ximena cruzó aquella pesada puerta blindada, cada uno de sus pasos era lento, como si intentara liberarse de un bloque de ámbar sólido. Las puertas del ascensor se cerraron lentamente, dejando atrás el ático que había simbolizado sus veinticinco años de vida sumisa.
En el espejo del ascensor se reflejaba una sombra desordenada. Era su cabello, revuelto por la fuerza con la que Damián la había golpeado; unos cuantos mechones caían desaliñados sobre sus mejillas, ocultando la mitad de su rostro inflamado. Ximena se quedó mirando a la mujer del espejo —aquella que, en su afán por ser la "perfección" personificada, siempre mantenía la espalda recta y una expresión perpetuamente dócil—, que ahora lucía tan frágil y extraña. Alzó su mano temblorosa y, con un gesto elegante, apartó un mechón tras otro hacia atrás de sus orejas, tratando de recuperar aquel último vestigio de dignidad. En el reflejo, sus ojos húmedos la miraban con terquedad; aunque sentía que las cuencas le iban a estallar, forzó sus párpados para contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse.
El lujo deslumbrante de la planta baja contrastaba irónicamente con su aspecto deplorable. El portero, como siempre, le abrió la pesada puerta giratoria con un movimiento impecable y respetuoso. Sin embargo, en la mirada baja del guardia se percibía una indiferencia curtida por la experiencia; esa apatía profesional propia de quienes trabajan en mansiones de alto nivel, como si ver a alguien partir despeinado y bañado en lágrimas fuera solo un apunte cotidiano en la bitácora de aquel edificio tan costoso.
—¿Señorita Ximena, desea que le pida un coche? —preguntó el portero con caballerosidad, sin rastro alguno de malicia indagadora.
Ximena asintió levemente, con la garganta tan seca que no pudo articular palabra.
En el instante en que subió al vehículo, las amenazas de Damián, frías como serpientes, aún resonaban en sus oídos, asfixiándola.
—Lléveme a La Perla Negra —le dijo al conductor con frialdad, en un tono que contenía una determinación que ella misma aún no alcanzaba a comprender.
Aquel bar estaba situado en la zona sombría de la ciudad; era el lugar que, para ser la esposa "impecable" de Damián Urquiza, Ximena siempre había tenido estrictamente prohibido pisar. Era el sinónimo de toda libertad considerada "indecente".
Las ruedas rodaban sobre el pavimento irregular de la ciudad; Ximena se recostó contra la ventana, observando las luces de neón que quedaban atrás. No sabía distinguir si aquello era una venganza contra Damián o simplemente un acto de desenfreno casi autodestructivo. Pero, ¿qué más daba? Desde el momento en que cruzó el umbral de aquel edificio, todos los marcos y límites que Damián le había impuesto se habían hecho añicos, junto con el sonido de aquella puerta al cerrarse.
Sebastián—así se presentó con una sonrisa que prometía pecados sin nombre—se movió al taburete junto a ella con la gracia de un depredador. Su altura se hacía evidente incluso sentado, probablemente metro noventa, y la camisa negra con las mangas enrolladas revelaba antebrazos musculosos donde un tatuaje de tinta oscura asomaba. La barba de tres días daba a su rostro anguloso un aire de peligro controlado.Los ojos de él eran del color del café más oscuro que Ximena había probado, y ella tuvo la certeza visceral de que este hombre podría arruinarla de formas que Damián Urquiza nunca soñaría.
—Esa mirada dice que estás calculando si soy una buena idea o un desastre esperando a suceder. —Su voz era grave, con un toque de diversión que hizo que algo se removiera en el estómago de Ximena—. Para ahorrarte el trabajo: definitivamente lo segundo.
Ximena tomó otro tequila, sintiendo cómo el alcohol difuminaba los bordes afilados de su realidad.
—Perfecto. Los desastres son exactamente lo que necesito esta noche.
—¿Mal día? —Sebastián levantó su vaso de whisky escocés—un Macallan que definitivamente no pertenecía a la carta de un bar como La Perla Negra—y brindó en su dirección—. O debería preguntar, ¿mal año?
—Mal vida. —Las palabras salieron sin filtro—. Pero hoy finalmente hice algo al respecto.
La conversación fluyó con una facilidad que Ximena no había experimentado en años. Sebastián tenía esa cualidad rara de hacer que las palabras más honestas salieran sin esfuerzo. Cuando los dedos de él rozaron los de ella "accidentalmente" al alcanzar los limones, la electricidad que chisporroteó entre ellos no tuvo nada de casual.
—¿Qué hace alguien que claramente no pertenece aquí, bebiendo whisky de quinientos dólares en un bar de Tepito? —preguntó Ximena.
—Necesitaba recordar cómo es la gente real. —Sebastián se inclinó más cerca—. ¿Y tú, Xime? ¿Qué eres cuando no estás terminando compromisos con idiotas?
Ximena notó que había usado el diminutivo que ella no había ofrecido. No le molestó.
—Estoy descubriéndolo. —Era la respuesta más honesta que podía dar—. Pasé veinticinco años siendo quien otros esperaban que fuera. Esta noche decidí ser alguien diferente.
—¿Y quién es esa persona?
Los ojos de Ximena se encontraron con los de él, el tequila dándole un coraje que normalmente no poseía.
—Alguien que toma lo que quiere sin disculparse.
La tensión entre ellos se volvió tan densa que Ximena podía saborearla. Sebastián dejó su vaso sobre la barra, sus ojos nunca abandonando los de ella.
—¿Qué necesitas esta noche, Ximena?
Su teléfono vibraba constantemente en su bolso—probablemente su madre, probablemente Damián, probablemente el mundo entero intentando arrastrarla de vuelta a la jaula de la que acababa de escapar.
—Olvidar. —Su voz salió ronca—. Sentir. Ser alguien completamente diferente por unas horas.
—Puedo ayudarte con eso. —Sebastián extendió su mano—. Pero necesito que estés absolutamente segura. Porque una vez que crucemos esa línea, no hay marcha atrás esta noche.
Ximena observó la mano extendida como si fuera una oferta del diablo. Probablemente lo era. Este hombre era peligro puro envuelto en traje caro y sonrisa pecaminosa.
Tomó su mano.
El BMW M8 negro de Sebastián olía a cuero y algo oscuro que le recordó a poder condensado. Él manejaba con gracia controlada, navegando por las calles de la Ciudad de México como si las conociera íntimamente.
El Hotel Marquis Reforma se erguía contra el cielo nocturno como un faro de lujo discreto. Ximena reconoció el lugar—uno de los hoteles más caros de la ciudad.
—No eres exactamente clase media, ¿verdad? —comentó ella mientras el valet tomaba las llaves.
—No. —Sebastián sonrió sin arrepentimiento—. Pero descubrí que la honestidad completa asusta a la gente interesante.
Las puertas del elevador se cerraron, dejándolos solos. La tensión que había estado construyéndose desde el bar alcanzó un punto crítico. Sebastián se giró hacia ella, sus ojos buscando los de Ximena con una intensidad que le cortó la respiración.
—Última oportunidad —murmuró él, su mano ahuecando su mejilla con ternura que contrastaba con el deseo en su mirada—. ¿Estás segura?
En respuesta, Ximena cerró la distancia y lo besó.
El mundo explotó en sensación. Los labios de Sebastián eran firmes contra los de ella, sus manos encontrando su cintura con precisión experta. El beso se profundizó, lenguas encontrándose en una danza que prometía cosas más oscuras, más deliciosas.
Las puertas del elevador se abrieron. Ninguno de los dos notó.
—Habitación. Ahora.
La suite tenía ventanales del piso al techo con vistas a Paseo de la Reforma, pero Ximena apenas notó los detalles porque Sebastián ya estaba desabrochando la cremallera de su vestido, sus labios trazando un camino de fuego por su cuello.
—Dime si quieres que pare —su voz era pura gravilla contra su piel—. En cualquier momento.
—No pares. —Ximena apenas reconoció su propia voz—. Por favor, no pares.
El vestido cayó al suelo como una promesa rota. Las manos de Sebastián exploraban cada centímetro de piel expuesta con una reverencia que Ximena nunca había experimentado. Damián la había tocado tal vez tres veces en tres meses, toques clínicos que la habían dejado sintiéndose más sola que cuando estaba realmente sola.
Esto era diferente. Esto era real.
Sebastián la tocaba como si cada suspiro importara, como si cada gemido fuera una guía hacia algo sagrado. Sus labios encontraron lugares que ella no sabía que existían, arrancándole sonidos que nunca había hecho. Cuando finalmente la llevó a la cama, cuando sus cuerpos se encontraron en el tipo de intimidad que reescribe la definición de conexión, Ximena entendió por qué la gente escribía poemas sobre esto.
—Mírame. —La orden de Sebastián llegó justo cuando ella estaba a punto de perderse completamente—. Quiero verte cuando te vengas.
Sus ojos se encontraron. Ximena se desmoronó.
El placer la atravesó en oleadas tan intensas que por un momento perdió contacto con la realidad. Sebastián la siguió segundos después, su rostro transformándose en algo primitivo y hermoso mientras encontraba su propio éxtasis.
El silencio después fue sagrado.
Ximena yacía en sus brazos, sintiendo cómo su corazón gradualmente regresaba a un ritmo normal. Los dedos de Sebastián trazaban patrones perezosos en su espalda desnuda, y por primera vez en su vida, Ximena se sintió vista. Realmente vista.
—¿Estás bien? —preguntó él, besando su sien con ternura inesperada.
—Más que bien. —Era la verdad—. Eso fue...
—Lo sé. —Sebastián la atrajo más cerca—. Para mí también.
Ximena estaba por decir algo más cuando él se levantó.
—Necesito ducharme. ¿Quieres unirte?
—En un minuto. —Ella sonrió, sintiendo el cansancio placentero instalándose en sus músculos—. Ve tú primero.
Sebastián desapareció en el baño. Ximena se estiró en las sábanas como gato satisfecho, su mente flotando en esa neblina post-orgásmica donde todo parecía posible.
El teléfono de Sebastián vibró en la mesa de noche.
Ximena no pretendió mirar. Realmente no lo hizo. Pero la pantalla se iluminó directamente en su línea de visión, y las palabras aparecieron antes de que pudiera apartar la vista:
"Jefe, conseguimos la información sobre Damián Urquiza que pidió. Adjunto el archivo de su prometida—ex-prometida ahora, según nuestras fuentes. Ximena Solís. ¿Procedo con el plan?"
La sangre de Ximena se congeló en sus venas.
Su mano tembló mientras alcanzaba el teléfono, sintiendo cómo cada certeza de los últimos momentos se desmoronaba como castillo de naipes. La pantalla mostraba más mensajes anteriores, todos de un contacto guardado como "Marcos—Asistente".
"El compromiso Urquiza-Solís se rompió esta noche."
"Damián Urquiza está furioso. Oportunidad perfecta para atacar."
"¿Confirmo vigilancia en la familia Solís?"
El sonido del agua corriendo en la ducha pareció amplificarse hasta convertirse en rugido. Ximena se levantó de la cama con piernas que apenas la sostenían, su mente corriendo a velocidades imposibles.
Sebastián sabía quién era ella.
Sabía sobre Damián.
Esto no había sido coincidencia.
La puerta del baño comenzó a abrirse.







