Mundo ficciónIniciar sesiónLa conversación con Sebastián duró tres horas.
Ximena no lo había planeado. Había planeado tomarse el vino, organizar sus pensamientos, llamar a Renata para pedirle el sofá de su apartamento en la Condesa. Renata siempre tenía el sofá disponible para emergencias, y Ximena llevaba años acumulando el tipo de capital emocional que se traduce en sofás disponibles a medianoche.
Pero el hombre de ojos grises resultó ser el tipo de persona que escucha con atención genuina, sin el gesto involuntario de quien ya está formulando su respuesta antes de que termines de hablar. Ximena lo notó en los primeros cinco minutos y lo archivó como información relevante sin saber todavía para qué.
Hablaron de cosas sin importancia al principio. La colonia Roma y sus cambios en los últimos diez años. Un libro que ambos resultaron haber leído recientemente. La calidad variable del mezcal en bares que se promocionaban como artesanales. Ximena tomó el segundo vaso de vino con más cuidado que el primero porque el vacío del estómago lo habría convertido rápidamente en problema.
No habló de Damián. No habló de la maleta. No habló de los veinticinco años de práctica acumulada para existir en los bordes sin llamar la atención.
Sebastián tampoco preguntó.
Lo que sí preguntó, alrededor de la una de la mañana, cuando la barra se había vaciado lo suficiente para que la conversación tuviera más privacidad, fue sobre lo que ella hacía.
—Consultoría —respondió Ximena—. Análisis financiero para empresas medianas. Nada espectacular.
—¿Le gusta?
La pregunta la tomó por sorpresa. No porque fuera inusual sino porque la mayoría de las personas que preguntaban qué hacías esperaban una respuesta sobre lo que ganabas, no sobre si te gustaba.
—A veces —admitió—. Cuando el problema es genuinamente complicado. Cuando hay que buscar el error en treinta páginas de datos y encontrarlo en la línea veintisiete.
Sebastián sonrió ligeramente.
—¿Y cuando no es complicado?
—Cuando no es complicado es solo trabajo.
Él asintió como si eso le pareciera una distinción importante.
No le dijo lo que hacía. Ximena no preguntó. Había algo en la forma en que ocupaba el espacio, en la calidad específica de su atención, que sugería que era alguien acostumbrado a que la gente ya supiera quién era. No arrogancia exactamente. Más bien la comodidad tranquila de quien no necesita presentarse.
A las dos de la mañana, cuando Ximena empezó a calcular que necesitaba llamar a Renata antes de que fuera demasiado tarde para considerarlo razonable, Sebastián pidió la cuenta para los dos.
—No tienes que —dijo Ximena.
—Lo sé.
Lo dijo sin énfasis, sin la insinuación implícita de quien espera algo a cambio. Ximena lo dejó pagar porque estaba cansada y porque en este momento específico de su vida le parecía una batalla innecesaria.
Salieron juntos a la calle de la colonia Roma. El aire de noviembre en Ciudad de México tenía esa calidad específica de las noches sin lluvia, seco y ligeramente frío, con el olor distante a asfalto mojado que quedaba de la tarde.
—¿Tienes adónde ir? —preguntó Sebastián, mirando la maleta.
—Sí —respondió Ximena. Y luego, porque era tarde y estaba cansada y el honestidad requería menos energía que la actuación: —Probablemente.
Sebastián la miró durante un momento. No con lástima. Con algo más parecido a una evaluación tranquila.
—Hay un hotel decente a dos cuadras —dijo—. O puedo llevarte a donde necesites ir.
—El hotel está bien.
Caminaron las dos cuadras en silencio cómodo. El hotel era pequeño y limpio, con una recepcionista nocturna que no hizo preguntas sobre la maleta ni sobre la hora. Sebastián esperó en la entrada mientras Ximena registraba su llegada.
Cuando salió con la llave en la mano, él seguía ahí.
—Fue una buena conversación —dijo.
—Sí —concordó Ximena.
—¿Puedo llamarte mañana?
Ximena lo estudió en la luz amarilla de la entrada del hotel. Era una pregunta directa sin pretensión de ser otra cosa.
—No tengo tu número —dijo.
—Tienes razón.
Intercambiaron números con la brevedad pragmática de dos personas que han decidido que la situación lo justifica. Sebastián se alejó sin mirar hacia atrás. Ximena subió a su habitación, dejó la maleta junto a la cama sin desempacar, y se quedó dormida con la ropa puesta antes de que pudiera terminar de organizar todos los pensamientos que necesitaban ser organizados.
Lo que Ximena no sabía mientras dormía en ese hotel de la Roma era que Sebastián Alcázar llevaba siete años buscándola.
No a ella específicamente al principio. Al principio era a Guadalupe Moreno, la abuela que Ximena había perdido cuando tenía catorce años.
Guadalupe Moreno había contratado a Sebastián Alcázar en 2017, cuando él tenía veintidós años recién egresados de la universidad y acababa de abrir una consultora de investigación financiera con más ambición que clientes. La referencia había llegado a través de un abogado que Guadalupe conocía, un hombre discreto que manejaba asuntos que no convenía discutir por teléfono.
—Necesito que investigue a Roberto Solís —le había dicho Guadalupe en aquella primera reunión, con la calma específica de quien ha vivido suficiente para no desperdiciar palabras—. Todo lo que pueda encontrar sobre sus negocios, sus socios, y las personas que trabajan con él.
—¿Por qué? —preguntó Sebastián, que en ese entonces todavía hacía esa pregunta.
—Porque mi nieta va a crecer en esa casa y necesito saber exactamente en qué tipo de ambiente va a crecer.
Sebastián investigó. Lo que encontró tardó meses en entender completamente, y cuando lo entendió no le gustó.
Roberto Solís no era simplemente un empresario de segunda generación con negocios en bienes raíces. Era un hombre con conexiones cuidadosamente cultivadas en zonas grises del mercado financiero, con socios que tampoco aparecían en los directorios corporativos más visibles, y con una red de empresas cuya estructura era demasiado elaborada para ser simplemente eficiencia fiscal.
Pero lo más importante, lo que Sebastián había documentado con la minuciosidad de quien sabe que algún día tendrá que probar cada afirmación, era la conexión entre Roberto Solís y un hombre que aparecía en los registros bajo diferentes nombres en diferentes países.
Viktor Molina.
En los documentos más antiguos, de principios de los dos mil, aparecía como consultor financiero independiente. En documentos más recientes, el nombre se volvía más difícil de rastrear, fragmentado en razones sociales y fideicomisos que distribuían su presencia de manera que resultara invisible a cualquier auditoría superficial.
Guadalupe había escuchado el reporte completo de Sebastián con esa calma inquebrantable que a él le había parecido, en su inexperiencia de entonces, casi sobrenatural.
—¿Qué planea hacer con esta información? —había preguntado él.
—Todavía no lo sé —respondió Guadalupe—. Pero necesitaba tenerla.
Le pagó lo acordado y le pidió que continuara monitoreando. Que le informara si algo cambiaba.
Tres meses después, Guadalupe Moreno murió en un accidente de carretera en la autopista México-Querétaro. Frenos que fallaron en una curva a ciento veinte kilómetros por hora.
Sebastián leyó la nota de su muerte en el periódico y supo, con la certeza incómoda de quien ha visto el patrón antes de que ocurra, que no había sido un accidente.
No tenía pruebas. Tenía documentos de investigación, transferencias sospechosas, conexiones difíciles de explicar. Pero nada que resistiera el escrutinio de un juzgado.
Así que Sebastián Alcázar hizo lo único que podía hacer: siguió investigando. Y mientras investigaba, por razones que él mismo no supo articular completamente hasta mucho después, también empezó a seguir de manera discreta la historia de la nieta que Guadalupe había querido proteger.
Ximena Solís. Dieciocho años cuando su abuela murió. Estudiante de preparatoria. Hija invisible de un hombre que Sebastián consideraba peligroso.
La había observado desde la distancia durante siete años, sin que ella lo supiera, sin que nadie lo supiera. No con obsesión. Con la atención fría y metódica de alguien que recopila información relevante sobre una situación que tarde o temprano requerirá acción.
El compromiso con Damián Urquiza había sido la señal que esperaba sin saber exactamente qué esperaba.
Damián Urquiza no era un hombre violento por naturaleza. Pero era un hombre con las conexiones equivocadas, y las conexiones de Damián se superponían de manera incómoda con las de Roberto Solís y, en un par de puntos específicos que Sebastián había documentado con cuidado, con las de Viktor Molina.
Ximena en esa casa, en ese matrimonio, era Ximena en el centro exacto de una red que Sebastián llevaba años tratando de desmantelar.
La noche en que ella entró a La Perla Negra con una maleta, Sebastián ya estaba ahí. No era coincidencia.







