2

Los ojos de él eran del color del café más oscuro que Ximena había probado, y ella tuvo la repentina certeza de que este hombre podría arruinarla de formas que Damián Urquiza nunca soñó.

Sebastián—así se presentó con una sonrisa que prometía pecados sin nombre—se movió al taburete junto a ella con la gracia de un depredador que sabía exactamente cuándo atacar. Su altura se hacía evidente incluso sentado, probablemente rondaba el metro noventa, y la camisa negra que llevaba con las mangas enrolladas hasta los codos revelaba antebrazos musculosos donde un tatuaje de tinta oscura asomaba—algo que parecía ser parte de un diseño más grande oculto bajo la tela. La barba de tres días daba a su rostro anguloso un aire de peligro controlado, como si fuera el tipo de hombre que sabía exactamente qué reglas romper y cuándo hacerlo.

—Esa mirada dice que estás calculando si soy una buena idea o un desastre esperando a suceder. —Su voz era grave, con un toque de diversión que hizo que algo se removiera en el estómago de Ximena—. Para ahorrarte el trabajo: definitivamente lo segundo.

Ximena tomó otro tequila, sintiendo cómo el alcohol comenzaba a difuminar los bordes afilados de su realidad.

—Perfecto. Los desastres son exactamente lo que necesito esta noche.

—¿Mal día? —Sebastián levantó su vaso de whisky escocés—un Macallan que definitivamente no pertenecía a la carta de un bar como La Perla Negra—y brindó en su dirección—. O debería preguntar, ¿mal año?

—Mal vida. —Las palabras salieron antes de que Ximena pudiera filtrarlas—. Pero hoy finalmente hice algo al respecto.

—¿Algo ilegal?

—Algo liberador. —Ximena giró su cuerpo hacia él, consciente de cómo su vestido Valentino contrastaba obscenamente con el ambiente del bar, consciente de cómo los ojos de Sebastián recorrían su figura con una apreciación que no intentaba disimular—. Terminé un compromiso con un hombre que nunca me amó.

—Su pérdida. —Sebastián dijo las palabras con tal convicción que Ximena casi le creyó—. ¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?

—Tres meses oficialmente. Siete años en mi cabeza. —Ximena rio sin humor—. Suena patético cuando lo digo en voz alta.

—Suena honesto. —Los dedos de Sebastián rozaron los de ella accidentalmente cuando ambos alcanzaron el plato de limones que el bartender había dejado. La electricidad que chisporroteó entre ellos no tuvo nada de accidental—. La mayoría de la gente no tiene el coraje de admitir cuánto tiempo desperdició en personas que no lo merecían.

—¿Y tú? —Ximena se sorprendió a sí misma haciendo la pregunta, sorprendida de lo fácil que era hablar con este extraño—. ¿Qué hace alguien que claramente no pertenece a un lugar como este, bebiendo whisky de quinientos dólares en un bar de Tepito?

La sonrisa de Sebastián se amplió, revelando dientes perfectamente blancos.

—Necesitaba recordar cómo es la gente real. Pasas suficiente tiempo en torres de cristal rodeado de personas que sonríen mientras te apuñalan por la espalda, y olvidas que existe honestidad en el mundo.

—¿Torres de cristal? —Ximena inclinó la cabeza—. ¿Eres de esos ejecutivos que lee libros de autoayuda y finge que medita?

—Soy de esos ejecutivos que sabe que meditar es una m****a y prefiere arreglar sus problemas destruyendo a sus enemigos. —Sebastián se inclinó más cerca, invadiendo su espacio personal de una manera que debería haberla alarmado pero que en cambio aceleró su pulso—. ¿Y tú, Xime? ¿Qué eres cuando no estás terminando compromisos con idiotas?

Ximena notó que había usado el diminutivo que ella no había ofrecido. También notó que no le molestó.

—Soy... estoy descubriéndolo. —Era la respuesta más honesta que podía dar—. Pasé veinticinco años siendo quien otros esperaban que fuera. Esta noche decidí ser alguien completamente diferente.

—¿Y quién es esa persona?

Los ojos de Ximena se encontraron con los de él, sintiendo el tequila dándole un coraje que normalmente no poseía.

—Alguien que toma lo que quiere sin disculparse.

La tensión entre ellos se volvió tan densa que Ximena podía saborearla. Sebastián dejó su vaso sobre la barra con un movimiento deliberado, sus ojos nunca abandonando los de ella.

—¿Qué necesitas esta noche, Ximena?

La pregunta colgó en el aire cargado de humo y promesas. Ximena podía sentir su teléfono vibrando constantemente en su bolso—probablemente su madre, probablemente Damián, probablemente el mundo entero intentando arrastrarla de vuelta a la jaula de la que acababa de escapar.

—Olvidar. —Su voz salió ronca—. Sentir. Ser alguien completamente diferente por unas horas.

—Puedo ayudarte con eso. —Sebastián extendió su mano—. Pero necesito que estés absolutamente segura. Porque una vez que crucemos esa línea, no hay marcha atrás esta noche.

Ximena observó la mano extendida como si fuera una oferta del diablo. Probablemente lo era. Este hombre era peligro puro envuelto en traje caro y sonrisa pecaminosa. Era exactamente el tipo de error que su madre le había advertido que nunca cometiera.

Tomó su mano.

El BMW M8 negro de Sebastián olía a cuero y algo oscuro que Ximena no pudo identificar pero que le recordó a poder condensado. Él manejaba con la misma gracia controlada con la que se movía, navegando por las calles de la Ciudad de México como si las conociera íntimamente.

—¿A dónde vamos? —preguntó Ximena, consciente de cómo su voz temblaba ligeramente.

—A un lugar donde nadie nos conozca. —Los dedos de Sebastián encontraron los de ella sobre la consola central—. ¿Cambios de opinión?

—Ninguno.

El Hotel Marquis Reforma se erguía contra el cielo nocturno como un faro de lujo discreto. Ximena reconoció el lugar inmediatamente—uno de los hoteles más caros de la ciudad, donde las suites empezaban en cinco mil pesos la noche. La fachada de "ejecutivo promedio" que Sebastián había intentado mantener se desmoronó por completo.

—No eres exactamente clase media, ¿verdad? —comentó ella mientras el valet tomaba las llaves.

—No. —Sebastián sonrió sin arrepentimiento—. Pero descubrí que la honestidad completa asusta a la gente interesante.

El lobby era todo mármol y discreción, el tipo de lugar donde el personal estaba entrenado para no hacer preguntas. Sebastián consiguió una suite en el último piso con una facilidad que sugería que hacía esto con frecuencia. Ximena decidió que no le importaba.

Las puertas del elevador se cerraron, dejándolos solos en el espacio reducido. La tensión que había estado construyéndose desde el bar alcanzó un punto crítico. Sebastián se giró hacia ella, sus ojos buscando los de Ximena con una intensidad que le cortó la respiración.

—Última oportunidad —murmuró él, su mano ahuecando su mejilla con una ternura que contrastaba con el deseo evidente en su mirada—. ¿Estás segura?

En respuesta, Ximena cerró la distancia y lo besó.

El mundo explotó en sensación. Sus labios eran firmes contra los de ella, sus manos encontrando su cintura con precisión experta. Ximena se derritió contra él, sintiendo cada línea de su cuerpo musculoso presionándose contra el suyo. El beso se profundizó, lenguas encontrándose en una danza que prometía cosas más oscuras, más deliciosas.

Las puertas del elevador se abrieron. Ninguno de los dos notó.

Fue Sebastián quien finalmente rompió el beso, sus ojos oscurecidos hasta casi negro.

—Habitación. Ahora.

La suite era espectacular—ventanales del piso al techo con vistas a Paseo de la Reforma, cama king size con sábanas que probablemente costaban más que el guardarropa completo de Ximena. Pero ella apenas notó los detalles porque Sebastián ya estaba desabrochando la cremallera de su vestido, sus labios trazando un camino de fuego por su cuello.

—Dime si quieres que pare. —Su voz era pura gravilla contra su piel—. En cualquier momento, dímelo.

—No pares. —Ximena apenas reconoció su propia voz, ronca de necesidad—. Por favor, no pares.

El vestido cayó al suelo como una promesa rota. Las manos de Sebastián exploraban cada centímetro de piel expuesta con una reverencia que Ximena nunca había experimentado. Damián la había tocado tal vez tres veces en tres meses, toques clínicos y distantes que la habían dejado sintiéndose más sola que cuando estaba realmente sola.

Esto era diferente.

Sebastián la tocaba como si cada suspiro importara, como si cada gemido fuera una guía hacia algo sagrado. Sus labios encontraron lugares que ella no sabía que existían, arrancándole sonidos que nunca había hecho. Cuando finalmente la llevó a la cama, cuando sus cuerpos se encontraron en el tipo de intimidad que reescribe la definición de conexión, Ximena entendió por qué la gente escribía poemas sobre este tipo de cosas.

—Mírame. —La orden de Sebastián llegó justo cuando ella estaba a punto de perderse completamente—. Quiero verte cuando te vengas.

Sus ojos se encontraron. Ximena se desmoronó.

El placer la atravesó en oleadas tan intensas que por un momento perdió contacto con la realidad. Sebastián la siguió segundos después, su rostro transformándose en algo primitivo y hermoso mientras encontraba su propio éxtasis.

El silencio después fue sagrado.

Ximena yacía en sus brazos, sintiendo cómo su corazón gradualmente regresaba a un ritmo normal. Los dedos de Sebastián trazaban patrones perezosos en su espalda desnuda, y por primera vez en su vida, Ximena se sintió vista. Realmente vista.

—¿Estás bien? —preguntó él, besando su sien con ternura inesperada.

—Más que bien. —Era la verdad—. Eso fue...

—Lo sé. —Sebastián la atrajo más cerca—. Para mí también.

Ximena estaba por decir algo más cuando él se levantó.

—Necesito ducharme. ¿Quieres unirte?

—En un minuto. —Ella sonrió, sintiendo el cansancio placentero instalándose en sus músculos—. Ve tú primero.

Sebastián desapareció en el baño. Ximena se estiró en las sábanas como gato satisfecho, su mente flotando en esa neblina post-orgásmica donde todo parecía posible.

El teléfono de Sebastián vibró en la mesa de noche.

Ximena no pretendió mirar. Realmente no lo hizo. Pero la pantalla se iluminó directamente en su línea de visión, y las palabras aparecieron antes de que pudiera apartar la vista:

"Jefe, conseguimos la información sobre Damián Urquiza que pidió. Adjunto el archivo de su prometida—ex-prometida ahora, según nuestras fuentes. Ximena Solís. ¿Procedo con el plan?"

La sangre de Ximena se congeló en sus venas.

Su mano tembló mientras alcanzaba el teléfono, sintiendo cómo cada certeza de los últimos momentos se desmoronaba como castillo de naipes. La pantalla mostraba más mensajes anteriores, todos de un contacto guardado como "Marcos—Asistente".

"El compromiso Urquiza-Solís se rompió esta noche."

"Damián Urquiza está furioso. Oportunidad perfecta para atacar."

"¿Confirmo vigilancia en la familia Solís?"

El sonido del agua corriendo en la ducha pareció amplificarse hasta convertirse en rugido. Ximena se levantó de la cama con piernas que apenas la sostenían, su mente corriendo a velocidades imposibles.

Sebastián sabía quién era ella.

Sabía sobre Damián.

Esto no había sido coincidencia.

La puerta del baño comenzó a abrirse.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP