Mundo ficciónIniciar sesiónRenata Domínguez llegó al hotel a las nueve de la mañana con dos cafés de la cadena que quedaba en la esquina y la expresión de quien ha pasado la noche esperando esta conversación.
Era la mejor amiga de Ximena desde los dieciséis años, cuando compartieron el mismo salón de clases en el Colegio Alemán y descubrieron que ambas tenían el hábito inconveniente de terminar los libros que les prestaban antes de devolvérselos. Alta, directa, con el cabello corto que había adoptado a los veinte y que según ella le ahorraba cuarenta minutos semanales de vida, Renata trabajaba en una firma de diseño gráfico y era la única persona de la órbita de Ximena que decía lo que pensaba sin calcular primero el costo.
—¿Qué pasó? —preguntó, entregando uno de los cafés.
Ximena se tocó la mejilla automáticamente. El enrojecimiento había desaparecido pero el gesto ya era involuntario.
Renata vio el gesto. No dijo nada por tres segundos exactos.
—Voy a matar a Damián Urquiza —dijo finalmente.
—No vas a matar a nadie.
—No, tienes razón, lo voy a demandar. O mejor, lo voy a exponer públicamente. Tengo contactos en tres portales de chismes de sociedad y ningún escrúpulo.
—Renata.
—¿Te lastimó en otro lugar?
—No. Fue una vez. Ya terminé con él.
Renata bebió su café con la expresión específica de quien está procesando información al mismo tiempo que decide cuánto comentario requiere.
—Tu papá va a ponerse imposible —dijo finalmente.
—Lo sé.
—Tu mamá va a llorar tres días.
—También lo sé.
—¿Y tú?
Ximena miró por la ventana de la habitación hacia la calle de la Roma, donde la ciudad ya se movía con su energía habitual de mañana entre semana. Un hombre vendía jugos en una esquina. Dos mujeres caminaban con carriolas en paralelo. Un repartidor de bicicleta esquivaba el tráfico con la confianza de quien ha calculado exactamente el margen de error disponible.
—Estoy bien —dijo Ximena—. O lo voy a estar.
—¿Tienes plan?
—Estoy trabajando en ello.
Renata asintió con la eficiencia de quien acepta respuestas incompletas cuando son honestas.
—Puedes quedarte en mi apartamento el tiempo que necesites. El cuarto de visitas tiene las cajas de mis cosas de la universidad pero hay espacio para una cama.
—Gracias.
—¿Qué vas a decirle a Roberto?
La pregunta era la correcta. Roberto Solís no iba a recibir bien la noticia de que su hija había roto el compromiso sin consultar con nadie. El compromiso con Damián no era simplemente una relación romántica. Era, en el vocabulario específico de Roberto, un arreglo.
—La verdad —dijo Ximena—. O una versión suficientemente cercana a la verdad para que no pueda argumentar contra ella.
Su teléfono vibró.
El mensaje era de un número que no tenía guardado, pero reconoció los últimos dígitos que había capturado mentalmente la noche anterior.
Buenos días. Si quieres tomar un café hoy, tengo tiempo por la tarde. —S
Ximena miró el mensaje durante un momento más largo de lo estrictamente necesario.
—¿Quién es? —preguntó Renata, que tenía la visión periférica específica de las personas que llevan años leyendo gestos ajenos.
—Alguien que conocí anoche.
—¿En un bar?
—En el bar donde terminé después de salir del departamento de Damián con mi maleta.
Renata procesó esto.
—¿Bonito?
—No estaba evaluando eso.
—Pero ¿lo es?
Ximena respondió el mensaje. Puedo a las cuatro. ¿Dónde?
—Sí —dijo, guardando el teléfono.
Se encontraron en una cafetería en la colonia Condesa, el tipo de lugar con ventanas grandes y mesas de madera que sugería que la conversación importaba más que el café, aunque el café también era bueno. Ximena llegó cinco minutos antes y eligió una mesa junto a la ventana desde donde podía ver la entrada sin que pareciera que estaba mirando la entrada.
Sebastián entró puntual, con la misma calma de la noche anterior, y la encontró sin buscarla demasiado.
—¿Dormiste? —preguntó cuando se sentó.
—Lo suficiente. ¿Tú?
—Razonablemente.
Pidieron café. La conversación retomó el ritmo de la noche anterior con una facilidad que Ximena notó pero decidió no analizar todavía.
Fue en el segundo café cuando Sebastián dijo, sin preámbulo particular:
—Sé quién eres.
Ximena lo miró.
—La mayoría de las personas lo saben cuando se presentan —respondió con neutralidad.
—Me refiero a que sé quién es tu familia. Sé quién es tu padre.
El silencio que siguió tenía una calidad diferente.
—Explícate —dijo Ximena.
Sebastián la miró con esa atención directa que era su modo habitual.
—Tu abuela contrató mis servicios hace siete años —dijo—. Para investigar a tu padre.
Ximena no respondió de inmediato. Procesó la información con la frialdad metódica que era su respuesta habitual a las revelaciones que cambiaban el contexto de algo.
—¿Qué encontraste?
—Cosas que Guadalupe necesitaba saber. Cosas que yo todavía necesito entender completamente.
—¿Y por qué me lo estás diciendo?
—Porque llevas siete años viviendo en el centro de una situación que no elegiste y que se está volviendo más complicada. —Sebastián dejó su taza sobre la mesa—. Y porque creo que tienes derecho a saberlo.
—¿O porque necesitas algo de mí?
La pregunta era directa. Sebastián no la esquivó.
—Las dos cosas —admitió.
Ximena lo miró durante un momento largo. Afuera, la colonia Condesa seguía siendo la colonia Condesa, con sus árboles en las banquetas y sus cafeterías llenas de gente que discutía proyectos o simplemente bebía café en silencio cómodo.
—¿Qué encontraste exactamente sobre mi padre? —preguntó finalmente.
Y Sebastián empezó a hablar.







