Mundo de ficçãoIniciar sessãoCuando Ximena despertó, el lado de la cama donde él había dormido estaba frío, y su teléfono mostraba treinta y siete llamadas perdidas.
La luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas de la suite con crueldad implacable, iluminando cada centímetro del desastre que era su vida. El dolor de cabeza palpitaba detrás de sus ojos como castigo divino—parte resaca de tequila, parte consecuencia de haber llorado después de que Sebastián saliera del baño la noche anterior. Había intentado explicar. Ella no había querido escuchar. Él se había ido alrededor de las tres de la madrugada, y ahora lo único que quedaba de su presencia era el olor a su colonia impregnado en las sábanas y una nota sobre la mesa de noche.
"Tuve que irme. Lo de anoche no fue error. Tenemos que hablar. -S"
Debajo, un número telefónico escrito con letra firme y segura.
Ximena arrugó la nota en su puño, sintiendo cómo la rabia y la humillación batallaban por dominio en su pecho. Había sido tan estúpida. Tan desesperadamente estúpida. Se había acostado con un hombre que la había investigado, que sabía exactamente quién era antes de que se sentara en ese taburete en La Perla Negra, que probablemente había orquestado el encuentro completo como parte de algún juego retorcido de venganza contra Damián.
Su teléfono vibró de nuevo. Llamada número treinta y ocho: Mamá.
Ximena lo ignoró, pero sus ojos recorrieron la lista de notificaciones como autocastigo. Diecisiete llamadas de Patricia Solís. Nueve de su padre. Seis del abogado de Damián. Tres de números desconocidos. Y un mensaje de texto de Renata a las seis de la mañana: "DIME QUE LOS CHISMES SON CIERTOS".
¿Qué chismes? ¿Cómo podían ya existir chismes si apenas habían pasado doce horas desde que dejó a Damián?
La respuesta llegó cuando finalmente se obligó a revisar los mensajes de voz de su madre. La voz de Patricia Solís atravesó el auricular como cuchillo afilado:
"Ximena Michelle Solís, más vale que me llames EN ESTE INSTANTE. Damián está contándole a medio mundo que lo humillaste. Tu padre está en reuniones de emergencia intentando salvar la fusión. ¿Tienes idea del daño que has causado? ¿TIENES IDEA?"
Ximena colgó antes de que el siguiente mensaje empezara. Sus manos temblaban mientras marcaba el número de su madre, preparándose para la tormenta que sabía vendría.
Patricia contestó al primer timbre.
—¿Dónde diablos estás?
—Buenos días, mamá. —Ximena se sorprendió de lo calmada que sonaba su propia voz—. Estoy bien, gracias por preguntar.
—No me vengas con sarcasmo. —El tono de su madre podría congelar el infierno—. Necesitas regresar al penthouse de Damián ahora mismo, arrodillarte, y suplicar su perdón.
—No voy a hacer eso.
El silencio que siguió fue tan pesado que Ximena casi pudo sentir su peso físico.
—¿Perdón? —La voz de Patricia bajó a ese tono peligroso que siempre precedía a sus peores arranques—. ¿Acabas de decirme que no?
—Te escuchaste perfectamente. —Ximena se levantó de la cama, envolviendo la sábana alrededor de su cuerpo desnudo—. No voy a regresar con un hombre que me golpeó por una pulsera. No voy a disculparme por tener dignidad. Y definitivamente no voy a arrodillarme.
—Damián está furioso. Tu padre está en reunión con los Urquiza intentando salvar el negocio. La fusión vale cientos de millones. ¿Entiendes eso? ¿O eres tan egoísta que solo piensas en ti misma?
—Tal vez por primera vez en mi vida, sí. —Las palabras salieron con una certeza que Ximena no sabía que poseía—. Tal vez estoy harta de ser sacrificada en el altar de los negocios familiares.
—Si no arreglas esto... —Patricia hizo una pausa, y cuando habló de nuevo, su voz estaba llena de veneno destilado—. Si no arreglas esto, Ximena, entonces ya no eres nuestra hija.
El golpe aterrizó exactamente donde pretendía.
—Entendido. —Ximena tragó el nudo en su garganta—. Entonces supongo que ya no tengo familia.
Colgó antes de que su madre pudiera responder, antes de que las lágrimas que quemaban sus ojos pudieran derramarse. El teléfono cayó de sus dedos sobre la cama deshecha, y Ximena se permitió exactamente treinta segundos de sollozos descontrolados antes de obligarse a detenerse.
No iba a desmoronarse. No ahora.
El taxi de regreso a su departamento en La Condesa fue un ejercicio de disociación. Ximena observó la Ciudad de México despertar a través de la ventana—vendedores ambulantes montando sus puestos, oficinistas corriendo hacia el metro, la vida continuando como si el mundo de ella no se hubiera desintegrado por completo en menos de veinticuatro horas.
Sin familia. Sin prometido. Sin plan.
Pero también: sin jaula.
El mensaje de Renata llegó cuando estaba pagando al taxista: "Estoy en tu puerta con café y conchas. Ábrela antes de que tus vecinos llamen a la policía."
Renata Domínguez era exactamente lo que Ximena necesitaba en ese momento: un metro sesenta de pura ferocidad envuelta en jeans rotos y actitud que no pedía disculpas. Había sido su mejor amiga desde la universidad, la única persona que trataba a Ximena como persona y no como "la hermana menor de Camila". Estaba recargada contra la puerta del departamento con dos cafés de Starbucks y una bolsa de la panadería local.
—Te ves como si te hubiera atropellado un camión. —Renata la evaluó con ojos críticos mientras entraban—. Un camión muy sexy, pero camión al fin.
—Gracias. Tú siempre sabes qué decir.
—Es mi don. —Renata dejó el café y las conchas sobre la mesa de la cocina—. Ahora cuéntame todo. Y cuando digo todo, me refiero a cada detalle sórdido.
Ximena le contó. No todo—omitió el nombre de Sebastián, omitió los mensajes que había visto en su teléfono—pero le contó sobre romper el compromiso, sobre la bofetada, sobre emborracharse y terminar en la cama de un extraño. Renata escuchó sin interrumpir, sus ojos oscuros brillando con algo que se parecía peligrosamente al orgullo.
—Ya era hora de que te crecieras los ovarios. —Renata mordió su concha con satisfacción—. Ese imbécil de Damián necesitaba que alguien le bajara los humos desde hace años.
—Mi madre dice que ya no soy su hija.
—Tu madre es una víbora que te ha estado envenenando desde que naciste. —Renata no suavizó las palabras—. Lo mejor que pudiste hacer fue cortar ese cordón tóxico.
—Estoy aterrorizada.
—Bien. El miedo significa que estás viva. —Los dedos de Renata encontraron los de Ximena sobre la mesa—. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
Como si el universo hubiera estado esperando esa pregunta, alguien tocó la puerta. No fue un toque amigable. Fue el tipo de golpe autoritario que solo podía significar problemas oficiales.
El mensajero vestía el uniforme de una compañía de correo certificado y llevaba un sobre manila que parecía pesar como plomo.
—¿Ximena Solís?
—Soy yo.
—Firma aquí.
Ximena firmó con manos que intentaban no temblar. El sobre se sentía como sentencia de muerte en sus manos. Renata la observó abrirlo con expresión cada vez más oscura.
El documento legal dentro era claro y brutal: Demanda por incumplimiento de contrato prenupcial. Los Urquiza exigían cincuenta millones de pesos en daños y perjuicios. El lenguaje legal envolvía la realidad en eufemismos, pero el mensaje era cristalino: la querían destruida.
—Cincuenta millones. —Ximena sintió cómo sus rodillas cedían, obligándola a sentarse—. No tengo cincuenta millones. No tengo cincuenta pesos. Mis padres cortaron mis cuentas bancarias.
—Mierda. —Renata leyó sobre su hombro—. Esto es... m****a.
El teléfono de Ximena sonó. Número privado.
—No contestes. —Renata intentó quitárselo.
Pero Ximena ya había presionado el botón verde, operando en piloto automático.
—¿Sí?
—Señorita Solís. —La voz masculina era profesional, educada, y completamente desconocida—. Mi nombre es Marcos Aguirre, del despacho Aguirre y Asociados. Represento a un cliente que está muy interesado en ayudarla con su... situación legal actual.
El corazón de Ximena se detuvo.
—¿Quién es su cliente?
—Prefiere permanecer anónimo por el momento. Pero le aseguro que tiene tanto los recursos como la motivación para hacer que todos sus problemas legales con los Urquiza desaparezcan.
—¿A cambio de qué?
—Solo una reunión. Esta noche. Ocho en punto. Restaurante Pujol. Mi cliente explicará los términos personalmente.
—Esto suena como trama de película de suspenso. —Ximena intentó mantener su voz firme—. ¿Por qué debería confiar en esto?
—Porque, señorita Solís, en este momento estoy viendo la orden de embargo que los Urquiza presentarán mañana contra su departamento, su coche, y cualquier activo a su nombre. —Marcos hizo una pausa calculada—. ¿Realmente puede darse el lujo de rechazar ayuda?
No. No podía.
—¿Ocho en punto en Pujol?
—Mesa reservada bajo el nombre Alcázar. Nos vemos esta noche, señorita Solís.
Colgó antes de que Ximena pudiera procesar el apellido.
Alcázar.
No.
No podía ser.
—¿Quién era? —preguntó Renata.
—Alguien que va a ayudarme. O destruirme completamente. —Ximena miró el reloj: dos de la tarde. Tenía seis horas para decidir si iba a esa reunión—. Aún no estoy segura de cuál.
Las seis horas pasaron en un borrón de ansiedad. Renata se quedó, un ángel guardián con lengua filosa que mantuvo a Ximena anclada a la realidad mientras su cerebro intentaba convencerla de empacar y huir a otro país. Eligió un vestido negro sencillo—nada como el Valentino de la noche anterior, algo que compró ella misma en una tienda departamental. Si iba a vender su alma, lo haría con dignidad.
A las siete y cuarenta, Renata la metió en un Uber.
—Si te sientes incómoda, llámame. Estaré esperando con la policía en marcación rápida.
—Eres la mejor amiga del mundo.
—Lo sé. Por eso me debes detalles completos después.
Pujol se erguía como templo de la alta cocina mexicana en Polanco, todo discreción elegante y precios que requerían segunda hipoteca. El host la reconoció inmediatamente—o más probablemente, reconoció la reservación.
—Señorita Solís. Su mesa está lista. Sígame, por favor.
La guió a través del restaurante hacia un área privada en la parte trasera. Ximena sintió cada paso como caminar hacia su ejecución. Una figura masculina estaba sentada de espaldas en la mesa reservada, traje gris oscuro que le quedaba como segunda piel, cabello negro perfectamente peinado.
Se giró cuando ella se acercó.
El aire abandonó los pulmones de Ximena en un solo golpe.
Sebastián Alcázar la observaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos oscuros, con esa misma intensidad depredadora que había visto la noche anterior. Pero ahora, con la luz completa del restaurante iluminando su rostro, ella vio lo que la penumbra del bar había ocultado: poder puro. Este no era un ejecutivo cualquiera. Este era el tipo de hombre que compraba y vendía compañías como Urquiza Financial antes del desayuno.
—Hola, Ximena. —Su voz era exactamente como la recordaba, grave y peligrosa—. Creo que tú y yo debemos tener una conversación sobre Damián Urquiza.
Ximena se quedó congelada, cada instinto gritándole que huyera.
Sebastián señaló la silla frente a él.
—Siéntate. Por favor. Prometo que lo que tengo que ofrecerte cambiará tu vida.
Y Dios la ayudara, Ximena se sentó.







