El restaurante Quintonil era todo luz natural filtrada a través de ventanales estratégicamente colocados y conversaciones en murmullos que costaban tanto como el arte en las paredes. Ximena movía su ensalada de un lado a otro del plato sin realmente comer, consciente de cómo los ojos de otros comensales se deslizaban hacia su mesa con esa curiosidad apenas disimulada que la gente rica tiene cuando reconoce un escándalo en desarrollo.
Sebastián, por el contrario, comía con la tranquilidad de un h